lunes, 3 de septiembre de 2007

La negra escarapela de la ausencia

Como dice Cris, Cerrillada es como un foco verde, un escenario floral mal pegado en un paisaje ya antes impactante. El Cruce Fulton tiene esas satisfacciones. Yo puedo esperar horas sin que me consuma la ansiedad. A veces pienso que el mundo se trata de eso, de ese cruce. Y todo lo demás es lo que pasa para que eso exista. De todos modos no hice dedo, nunca hago, y leía un libro de pie a la vera de la ruta. Un libro sobre Gonzalo Pizarro.


Hay que detenerse en el Cruce alguna vez en la vida, bajarse, y mirar ese cielo. Es como si hubiera un boquete en un rutinario cielo lindo, y apareciera la estructura celestial. Se ve todo magnificado: si hay tormenta, la tormenta abruma, si el cielo esta despejado, tanto turquesa corta el aliento... La belleza es desproporcionada, si es que tiene proporción.


En tanto silencio, los autos, los pocos que pasan, bajan la velocidad para cruzar la via, y no escandalizan. Al contrario, son parte del Cruce. Yo los miro con la misma curiosidad con que observo a los chajaces, a los quices y a los ñandúes. Pero esta vez estaba leyendo, y tardé en darme cuenta de que uno de los autos que cruzaba la via se había detenido. Otra vez el gesto universal: “Sí –pensé en voz alta--, voy a Tandil”.

Jorge tenía un buen auto, una camioneta tipo van. No se la marca y creo que jamás voy a tener esa capacidad de poder registrar mentalmente la marca y el modelo de un auto. Siempre empiezo igual.
--¡Gracias por levantarme! Yo no hago dedo porque a la gente le da miedo…
--Yo hago esta ruta todas las semanas –dijo Jorge—y ya conozco a las personas. Te vi leyendo, buena pinta, y te levanté.
--Muchas gracias.

A Jorge la vida se le plantó enfrente, pero el nunca la evitó, más bien, entabló buena charla con ella. Admiro a esa gente.

Soy de Burzaco, pero hace años que vivo en Tandil. Mi padre tenía un corralón de materiales en Burzaco y cuando murió nosotros lo vendimos. Yo le decía, “Viejo, vendé el corralón y disfrutá la plata, porque nosotros te la vamos a hacer de goma”. Jorge se reía. Se reía poco, pero así se ríe él.
--No podía dejar de laburar el viejo –siguió--. Así que después nosotros vendimos el corralón y nos dedicamos a nuestras cosas. A nuestros negocios. Yo anduve un tiempo con el corralón, y al mismo tiempo empecé con la capitalización de hacienda, porque el viejo tuvo un campo en un tiempo, que después vendió. Pero a mi me gustó, y bueno… Seguí con eso. Hoy tengo hacienda en Ayacucho. Mi hijo me ayuda ahí.

Las historias de la ruta no son como las de un café. Mientras lo escuchaba se nos venían encima sierras, lomadas, montes tupidos, sembrados de colores… Yo siempre termino hablando a favor de la vida. Y los protagonistas también.

--¿Y por qué te viniste a Tandil?

Jorge tenía marcas en la cara. No cicatrices, sino arrugas que se podía saber que eran de enfrentamientos del destino. Jorge no evitaba a la vida.

--Y… yo trabajaba mucho. Estaba poco en casa. Nunca fui deshonesto, pero vivía para hacer plata. Y la hacía. Me iba bien --ese pasado feliz y resumido siempre me sonó al relato sintético de un sobreviviente a un terremoto grado nueve--. Pero un día me levanté a la noche para ir al baño, y me llamó la atención ver la luz prendida del baño de mi hijo.
--¿El que te ayuda con la hacienda en…?
--No.

La Vasconia pasó inadvertida.

--Fui a apagar la luz, y me encontré con él en la bañadera. Muerto.

No había sufrido nada. No me acuerdo lo que le pasó, pero había muerto en un segundo. La imagen de su cara abajo del agua era aterradora, pero solo eso. Había tenido la muerte más linda del mundo. “Tenemos un angelito en la familia” me dijo, y se me revolvió el estómago.

--Ahí entendí muchas cosas. No había vivido a mis hijos. Trabajaba todo el día. No estaba nunca en casa. Así que dejé Burzaco y nos vinimos a vivir a Tandil. Por suerte tengo una mujer que vale por cien. Y ahora a mis hijos les doy un beso antes de dormir, los miro, los amo.

Las historias nunca entran en un cuento. Yo diría que una historia son muchos cuentos sobre una persona. Cada persona es un libro. Un compilado de cuentos sobre distintos temas. Jorge también lo es, y me guardo los otros capítulos de su historia. Paramos en Maipú, enfrente al San José. Tanta intimidad había forjado, sino una amistad, una experiencia de vida en menos de media hora. Antes de estacionar lo llamaron.
--Sí, no sé, tengo unos novillitos… --trabajaba… Antes de cortar agregó algo fuerte: “Te dejo porque tengo que despedir a un amigo”.

Quedamos en vernos, en hablar. Quedamos prendidos de media hora de intensidad. De media hora de vida. Jorge no evita la vida, y yo tampoco. Por eso admiro a esa gente, porque se como duele eso, como cuesta y como se disfruta eso. Cuando me bajaba, recién ahí, vi que llevaba mil pesos sujetos en la ranura del CD. ¿Y eso? ¿Y esa confianza? Es que Jorge me levantó porque confió en mí. No confió a medias, confió plenamente, al igual que confía en la vida, en sus pasos guiados por un angel. Al igual que pone sus pasos en manos de Dios. O tal vez reconoció en mi pecho la negra escarapela de la ausencia.

--Tenemos un angelito en la familia… Lo extraño mucho.

6 comentarios:

  1. Mark, que buena historia!! Dura pero con una enseñanza increible...Creo que no son casualidad tus mañanas en el Cruce Fulton, que de hecho comparto con vos tu opinión de lo espectacular que se ve el cielo por ahí.
    Estoy convencida que Dios te pone en el camino de todas esas personas, para que oficies como comunicador y que sus vivencias no caigan en saco roto. Y que cada uno que leemos tus cuentos, podamos sacar conclusiones y tomemos conciencia de que la vida nos golpea a todos algunas vez...Y también nos da la oportunidad de seguir adelante y volver a empezar.
    ¡Espero ansiosa al próximo cuento!
    Un beso, Solci.

    ResponderEliminar
  2. Impresionante, Mark; ¡muy fuerte!
    Te cuento que el tal Jorge es efectivamente un ángel y, como tal, trabaja para la Congregación de Angeles Custodios. El te contó muchas cosas, pero también te vio y te escuchó. Hoy se me apersonó, si cabe el término, un supervisor de él para pasarme el reporte y pude confirmar mi sospecha. No leías, jugabas al Sudoku.

    ResponderEliminar
  3. Mark:

    Hay un perro chiquito, negro, muy fulero en el cruce, del lado de Cerrillada. Lo veo hace 2 o 3 años. Please hacele un reportaje, quisiera saber como hace para vivir tantos años sin comida y sin que nadie lo pise.

    un abrazo, Lolo

    PD: ahora que esta lindo pone fecha y hora y nos comemos un asado en las cruces. Yo llevo la carne.

    ResponderEliminar
  4. Lolo, adscribo a la queja de Crí. No puedo entrar a tu blog!!! No hay comunicación posible. Esto es una excepción ya que jamás respondo un comentario en mis comentarios del blog, sino que voy al blog propio de cada uno y contesto!

    Además, quién tiene más cosas para decir que vos, Lolo. Aunque sea habilitá comentarios, poné una monstruosa foto tuya y listo. O una foto de La Victoria.

    El perro que mentás, que aparece en el último cuento que postié ("¿Vas a las vías?") es impresionante. Nos conocemos bien. Ya voy a escribir sobre Bartolo; el perro que no come y está solo. Me divirtió que lo conozcas. Es parte integral del Cruce Fulton, ese paraíso descomunal cuyo centro y propósito son las vías del tren.

    Habilitá tu blog, Lolo. No es un pedido. Es una advertencia.

    ResponderEliminar
  5. Pero si yo no tengo blog!!!!no se como se hace... ese eduardo en letra azul no se porque aparecio.....yo no puedo escribir ni un crucigrama, preguntale a Fernando Milkelas si queres, en serio, a mi no me metan en despelotes. Ustedes son los que saben de esto.
    Gracias por ponerle nombre al cusco inmundo, justamente hoy me parecio verlo mas para el lado de Tandil.

    abrazo
    Lolo

    ResponderEliminar
  6. Mk querido! En mis ratos libres sigo degustando tu blog. Qué bárbaro todo! Esta historia en particular me hizo poner la piel de gallina (piel de poio, dicen en el Norte). Cada vez añoro más nuestro esperado encuentro por esos lares...
    Abrazos!

    ResponderEliminar