viernes, 7 de septiembre de 2007

La tangente de dos continentes

Me senté en el último vagón, en el último asiento, al lado de un gordo que no me agradaba. Jamás me hubiera sentado ahí si en el asiento de al lado no estuviese este loro guitarrista. Un hombre con un gorro colorido, con una barba Castells, y un charango. El impacto de los colores de su gorro me refirieron de inmediato a un loro. Su charango hacía lo propio: fascinaba. Apenas un punteo corto lograba la fascinación.

--¿Pajaro Campana? --me sentí invitado y le pregunté.
--No, no. Es una composición mía. ¿Pajaro campana no es así...?


No. No era así. Su punteo inicial refería a Pájaro Campana, pero cuando me explicó su composición con más detalle, sí, realmente era otra canción.
--Me gusta melodiar. Hacer melodías.
--Sos compositor...
--No, no soy tan pretencioso como para decir que soy compositor.

Pero lo sos.

De San Isidro a Retiro puede haber tanto tiempo como para entablar una relación. Hasta de hacer una amistad. Y Horacio me prestó el charango para que intente mostrarle cuál era la canción Pájaro Campana.

--Yo soy artesano, pero lo que me gusta mucho es reconstruir instrumentos rotos, destacando su falla con un diseño que atrape su atención. Como que lo que era una rotura indeseable, se convierta en un punto a observar y encantarse. Una vez, a un charango que tenía una raja, la tapé con un lagarto tallado en madera. Lo barnicé y quedó impresionante. Me gusta mucho hacer eso. Pero soy artesano.

Luthier.

Hablamos de lo que hacía y de cómo debería intentar hacerlo comercialmente. Hablamos de estrategias de venta y de que haga su blog.
--Contá tu vida. Lo que hacés, lo que sentís, qué se siente en las tardes de San Telmo. Me muero de ganas de leer tu blog.

El envión de la conversación superó el resorte gigantesco que detiene los vagones en la darsena de Retiro, y nos encontramos en la salida de la Estación, a las diez de esa noche cálida, hablando de la vida.

--No consigo que mis viejos aprueben lo que hago. Mis padres son los clásicos que viven en Zona Norte pero no son de Zona Norte. Ellos trabajaron siempre para los de Zona Norte.

El sentido común siempre fascina. Siempre. Y más cuando es tan claro, breve y crudo. Soy un convencido de que el sentido común es un comprobante de una inteligencia dinámica y concreta. La cara de Horacio era la de un tipo bueno.
--Vos tenés cara de tipo bueno. Confiable.

Su mujer estaba embarazada. Habría otro postulante para DNI en cuatro meses.
--¿Qué sabés hacer?
--De todo. Albañilería, plomería, hago...
--¿Y Tandil? ¿Por qué no te vas para Tandil? Faltan Albañiles. Falta todo. Hay mucho trabajo en Tandil, si vas a trabajar, claro.

Ese fue el encuentro real. La tangente de dos continentes que se trazaba a una velocidad inesperada. Me dijo que le gustaba la idea. Era una buena oportunidad para hacer el corte con sus padres. Un cordón de veintinueve años que estaba fresco, como recién salido de la panza.

La conversación fue más íntima. Bastante más profunda. Cuando volvía me quedó dando vueltas algo que dijo. "Estas son las cosas lindas. Cuando sin haber un interés se dan estos encuentros". Encuentros. Qué palabra que dice tanto. No hubo intereses de ningúna índole, solo un encuentro, con perdón por la redundancia.

2 comentarios:

  1. Este blog no permite bajo ningún motivo o caución, comentarios anónimos.Y éste que te hago tan ameno, no lo es.

    Mk: ¿quién más anónimo?

    Horacio parece un buen tipo, al igual que los muchachos de los viajes anteriores desde el cruce Fulton (existe un Aleph allí?).

    Ningún mal parido de feo aliento que quiera llenarte la cara de dedos. ¿Dónde estarán metidos?

    Cómo veras siempre hay preguntas, aunque lo tuyo no sea un proceso.

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  2. Creo que Mk es tan evidente como ése ve, muchachito.
    Mk: a vos te reprocho que te hayas puesto las pilas en plena campaña electoral!!! No sé si voy a poder seguir tu profusa y sigilosa producción, y sostener mi postulación simnultáneamente.
    No sé si sabés, pero mi amistad con Miguel Angel Martínez tiene un punto inicial en un viaje en el 101, de Callao y Las Heras hasta Esmeralda y Arenales, guitarra en mano. El ya estaba acomodado con amigos en la fila del fondo y yo, al subir, me senté en el último asiento individual. Era un sábado a la tarde, por lo que el corcel urbano disparó. Así y todo, tal vez en menos de diez minutos, tocaron ellos, hablamos y toqué yo, que me bajé antes porque ellos seguían a la mítica estación de Retiro. MAM no se olvidó del bicharaco ése que conoció tan furtivamente y un día me lo recordó.

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