domingo, 24 de febrero de 2008

Mientras leía tu carta...

Mientras leía tu carta no pude más que ir hasta allá, hasta el boulevard de eucaliptus. Tantas veces pensé en intentar explicarlo, en tratar de compartirlo... No es lo mismo.

Mientras leía tu carta me vi parado ahí, con la brisa fuerte jugueteando con mi flequillo, la mirada perdida en la simetría impresionista... o imperfecta, de esa hilera de árboles que enmarcan la tranquera. Negra... La tranquera negra. Inexplicable.


Pero mientras leía tu carta lo entendí. Lo pude explicar. Me lo pude explicar a mí mismo. Entendí las caminatas desde el cruce hasta la casita, ese kilómetro de tierra y tiempo. Me empezó a parecer simple, todo me empezó a parecer simple. Cuando hablabas de que te sacaste los zapatos y las medias, y miraste el vasto continente desde la terraza, sentado en el banco verde, sentí ese fresco que te paseó por los pies entre mis dedos. Las Cruces. Alguien ya me había adelantado lo que Él te contó sobre el nombre; Las Cruces.

Tantas...

Yo sé dónde están. Están guardadas en la cocina de la casa. ¡Qué pena que no pudiste entrar! En esa cocina se almacenan miles de codos apoyados, tensos de sostener cabezas rendidas, mentes en blanco... En el canto de la mesada hay clavadas cientos de cinturas y brazos cruzados plantados, idénticos a su monumento: el sauce llorón, que soporta su propia genética, de pie, torcido, y sin caerse jamás, y habiendo visto caerse varios otros, robustos y altísimos. El sauce que llueve sus hojas adelante de la casita del motor. De ese motor que no anda, pero que tiene una casa. Todos los que no andan ahí, tienen una casa.

Ponete de nuevo en esa silla blanca, los pies apoyados, descalzos, sentí el silencio fresco, la brisa lenta, y mirá el tsunami de tierra, esa ola gigante que trepa hacia Tandileofú, que es lo de Bilbao. Esa ola que en su cresta tiene un alambre, y en el medio, una tranquera. Ahí, en esa tranquera, se pasean arrogantes los ñanduces. Se sienten importantes, indispensables, como todos los que estamos ahí, caídos del mundo.

Mientras escribo esto no puedo encontrarlo a Él. El banco verde está vacío, a un metro del alero, despintado... Pero siempre intuí que estaba, y sé que está. Debe estar haciendo lo de siempre, lo que otros me dicen que hace. Sosteniendo la cruz con el Cristo dibujado sin terminar. ¿Dónde se apersona en esa tarea? No lo sé. En la cocina no lo ví. Pero me puedo ver en ese mismo banco, con miles de ropas diferentes, con miles de tardes distíntas, con miles de mates cebados, conversándole, preguntándole y mirando el campo, en silencio, esperando una respuesta, una señal, un ruido, que nunca llegó.

Tanto silencio se hace visible. Y madura hasta volverse azul oscuro con pintas blancas. El mate se enfría y siempre el hambre avisa que el silencio maduró, y que ya es tarde y que voy a comer, tal vez, a medianoche. Siempre en ese banco verde, donde vos lo viste sentado a Él.

¡Qué linda tu carta! De pronto lo pude explicar. Las Cruces. Las Cruces no es solo un lugar, es también un momento. Un instante en nuestras vidas. Un momento de años, de dos horas. Un momento para los caídos del mundo. Los que tardan años en levantarse, y en dos horas vuelven a su casillero, con sus fichas y sus dados, a jugar su turno en un mundo imparable.

Me fuí de Las Cruces, pero Él sigue ahí. Voy a volver, como vuelven todos los que son sanados. Pero ¿quién será el próximo en sentarse en esa cocina oscura y abstraída del tiempo? Solo Él lo sabe.

6 comentarios:

  1. Grosso, Mark; sos un poeta.

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  2. a la mierda, Mark!! (Merece esta exprecion!)

    realmente EXCELENTE.

    Cuanta nostalgia...cuantas emociones
    cuanta poesia
    cuantas verdades
    cuantas sensaciones que, de solo leerlas, me hiciste vivir y sentir no solo en la piel sino en el tacto, el olfato, la vista y hasta en la boca....

    la mier....q ganas de estar en Las Cruces

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  3. Mark querido...se extrañan tus publicaciones!!!

    nos tenés abandonados...volve!!

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  4. el tiempo pasó...Mark no vuelve...


    "El rancho se hizo tapera,
    ya no titila el farol,
    una ventana cerrada
    donde ya no dentra el sol.
    El yuyo se fue arrimando
    como pa'ver que paso.

    Un caminito borrado
    de la cocina al galpón,
    se asoma de tanto en tanto
    como esperando al patrón.
    De la tranquera hasta el
    fondo donde estan los bebederos.
    se arrastra la soledad
    y las patitas de un perro.
    Hay un molino chillon
    con más vueltas que el destino,
    que seguro algun vecino,
    de puro gaucho lo abrio.
    Ias lineas del alambrao
    aflojaron su cordaje,
    como rindiendo homenaje
    a quien les diera cuidao."
    ("Milonga pa Don Segundo", José Larralde)


    Volvé Mark!!!!!!

    Abrazo,
    Ricky

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  5. Los domingos a la mañana, desde algún blog ya descubierto, empiezo a "abrir puertas-enlaces" que han dejado por ahí. Hoy vine a parar acá desde el blog de Cristian (Dios y Ayacucho) Vengo leyendo varias entradas, y llego a esta, que me emocionó profundamente. No puedo explicar bien -no analizando el texto porque posiblemente hay cosas que no entienda-. Me dejé llevar por las palabras, las imagenes, las sensaciones que guardan...y me siento de verdad muy conmovida.
    Ha sido un lindísimo hallazgo este. Voy a volver.

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