sábado, 9 de febrero de 2008

Sueño 7 de febrero de 2008

Eran como estrellas agrandadas, como enormes luciérnagas que sobrevolaban la negra noche marina a la altura de nuestras cabezas. No había cielo, más bien parecía su impronta, la carencia de un noble firmamento nocturno. Negro absoluto. Cada foco era una antorcha sostenida oblicuamente en una balsa de troncos con una casita encima, una típica casita de Mark Twain, pero robusta y sólida, de troncos también. Las teas no tenían llamas, sino que eran luces incandescentes, potentes, que desparramaban un aurea de luz de un metro de diámetro, más o menos. Estaban tomadas desde el pie de la casita, a cuarenta centímetros al costado de la puerta. El sonido del mar, sus olas, se desenvolvían con la naturalidad del mar adentro. Estaríamos en el medio de un océano inmenso, tranquilo como puede estar tanta cantidad de agua. Las olas eran serenas, majestuosas. Grandes.


No había en ese lugar nada fantástico, excepto todas esas realidades juntadas como en un collage incomprensible. A mi lado el ingeniero estaba alerta, un poco tenso, con su impermeable y gorro amarillo, goteandole la barba. Nuestra balsa, como las demás, estaban separadas setenta metros una de otra en una sigzagueante línea hacia un frente que aún no entendía cuál sería. Yo podía ver otras balsas un poco más adelantadas, con sus antorchas encendidas, acompañando el ceremonial ondular de un mar monstruoso y dormido. A mis pies, los gruesos troncos de nuestra balsa se undían varias decenas de centímetros bajo el agua reflotando al rato hasta quedar en voladizo, como un irónico muelle corto.

Humedad, brisa, un poco de calor. Las luces de las teas disparaban invisibles lanzas de luz que atravesaban el mar y que, al moverse las olas, se podían ver bajo el agua verde. Verde de profundidad, verde puro; impecable. Así pude distinguir sus olas. Las olas de ese mar de Oceanía, tal vez cerca de Australia.

El ingeniero se agachó un poco y, sin aviso, o mueca, o algo previsible, estiró los brazos y ya estaba saltando al agua. "¡Ahora!", escuché que gritó Emilio desde atrás, y yo hice lo mismo. Tengo tan presente esa sambullida en un mar inmenso, parecía que iba a tragarme, pero no. Nadaba liviano entre su aliento verdoso, su agua tibia y salada. Veía mis manos traslucirse deformes y verdes bajo el agua. Nadando, un poco nervioso de perderme de mi grupo, unos... ¿cuatro?... ¿cinco tipos más? Trataba de mirar a pesar de las olas que nacían frente a mi cara y me reventaban en los ojos. Ibamos a otra balsa que estaba adelante. Una balsa idéntica a la anterior. Cuando llegué, el ingeniero ya estaba trepando a los troncos. Subimos y nos fuimos hasta el frente de la balsa. Al llegar..., al llegar al frente, la misma imagen. Las mismas teas, las mismas balsas, el mismo frente invisible, negro, el mismo mar de Oceanía. El mismo olor de mucha agua, de cosas mojadas. Me acomodé al frente y, a mi costado, el ingeniero estaba alerta, un poco tenso, con su impermeable y gorro amarillo, goteandole la barba.

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