sábado, 18 de octubre de 2008

Un mundo en cada baldosa.

El sol empezaba a volcarse groseramente por todos los rincones fríos del invierno, y aunque incomodase un poco, era imposible contenerse a su sensualidad conquistadora. A donde fuera, sus caricias me relajaban y mi mente se dispersaba como un frasco cayendo en silencio y lentamente al piso, desperdigando sus pedazos de forma aleatória hacia cualquier parte.


Hay un mundo en cada baldosa de la vereda. Por lo menos, el cielo no se ve igual desde cada una de ellas. Desde las baldosas que están de umbral de la reja de mi casa, se ve un cielo celeste y una nube provocativa y arrogante, que se hace ver tan linda en un fondo que hasta hace unos días no se maquillaba de tanto turquesa. Pero a unos metros nomás, otras baldosas no la ven. El pelo mota de un arbolito las protege de aquella exitante escena. El arbolito las mira, pero su sombra alivia y perdona.

La primavera no vino como siempre. Antes llegaba con aromas y cálidos susurros en la piel. Esta vez vino con imágenes fuertes, con secos golpes de aldaba a los postigos cerrados de los olores. Trompadas de jazmines en una entrada de autos, victimas borrachas de octubre por un choque frontal contra unos naranjos escondidos... Hay algo de violencia en el encuentro. Tal vez no es la primavera, tal vez esta no cambió, sino que yo vengo absorbido por la negación de ella.

Pienso que puede ser que en algún momento haya dejado de creer en ella. Quizás habré pensado que no existía, que la había comprado en algún momento, como otras cosas lindas que compré sin garantía, y que se apagaron al frío agónico de alguna tristeza. Y dejé de creer en ella. Me había equivocado.

Desbordes de canales incontrolables de brisas cálidas bajaban por una calle llevadose por delante cientos de miradas frías, de postes en sombras, de paredes húmedas, dejando a su paso, tras el exterminio casi absoluto de varios inviernos, la imágen perpetua de la solapa de un toldo balanceándose lenta y permanente, muerta de otoño, renovada de octubre.

Yo vi, asombrado, como se derrumbaron en plena calle, tres pisos de sombras. Cayeron lentamente, hora tras hora, mientras un sol demoledor las aplastaba, las sacudía, las mataba. Ya no había más sombras, sino paredes sin sol. Cálidas y refrescantes. No hubo más sombras después de ese derrumbe de hace poco. No veo más sombras en este octubre violento.

Ya no encuentro baldosas que precisen, después de estar un rato sobre ellas, de un sueter o una campera. La muerte de las sombras en el cruento derrumbre de aquella tarde cambió todo. Ya no quedan fríos desperdigados por los rincones en este octubre. Solo secos golpes de aldaba a los postigos cerrados de los olores.

2 comentarios:

  1. Mk, la primavera viene siempre y tenemos que aprovechar su empujon, su calor, sus olores y sus colores y guardarlos en cada centimetro de nuestra piel, en las yemas de nuestros dedos y en el alma para los inviernos solitarios.
    Lindisimo, como solo vos lo podes escribir. Abrazo. La chancha china

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  2. "podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la PRIMAVERA".

    Mientras te leo, esto me vino a la memoria; esto y mis propios inviernos acentuados por una transitoria aunque larga falta de fe en la primavera. Volví a creer en ella. Aunque a veces los aromas son tenues, y las postales no sobreabundan de color. Sé bien que nada la puede detener.

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