jueves, 27 de noviembre de 2008

El beso de Judas

Muchos lo dicen con tanta facilidad que me disuelven el amor propio. "Yo dejé un día. De golpe. Me levanté a la mañana y dije: no fumo más. Y no fumé más".


Desolador. Siempre después de esas fábulas fantásticas me siento abandonado en una ruta a trescientos kilómetros de cualquier parte. "Imposible", "admirable", "potenciales conquistadores de la América virgen de Cortés y Pizarro". Miles de personas poderosas me refriegan sus músculos por el alma. Tiene que haber una manera, una baldosa hueca disimulando el tunel por donde todos escapan de esta cárcel humeante, fumarola inextinguible que hace borrosas mis corridas por el lago y mis saltos divertidos a las tranqueras.



No estoy bien preparado para encontrarme a los novatos Aquiles que, después de haberlos visto arrastrarse a mis pies por un cigarrillo, los encuentro serenos con el diploma de No Fumadores Junior contándome, como si yo no detectara su arrogancia, cómo se bajaron del auto una tarde, o salieron de su casa una mañana, o bebían copiosamente una noche de tormenta, y se graduaron con honores en la maestría del Dejé De Golpe.

No. No es así. No los odio. Es pura admiración. Quizás, aunque estoy seguro de que no, pero quizás los envidie un poco. Tal vez envidie la aristocrácia impecable de pertenecer al linaje de la gente que podría vivir en un mundo nudista, sin precisar, como necesidad básica, un bolsillo para los cigarrillos. Gente que sabe que si naufraga alguna vez, solo debería adaptarse a una nueva vida isleña, y no sufrir de la ausencia del sicario de mi Parca.

El carnet que me señala como socio de la muerte no está ni en mis manos ni en mi frente. Tengo ese consuelo. El Apocalipsis no me alcanza ni me agrupa entre las filas de Gog y Magog. Mi cédula necrológica la llevo en mis labios. Mi aliento es el de los volcanes descontrolados que también son socios de mi club. La Parca nos recorre cada tarde, como hacendado opulento, y se ceba los mates mirándonos incrementar sus sedes, fieles a su reglamento de ir apagando las medialunas, la vertical-puente, las corridas con perros y los saltos divertidos a las tranqueras.

"Un día me enfermé y se me fueron las ganas de fumar". Qué peligroso. Yo comprendo la tentación de humillarme con un suceso paranormal como el "dejé de golpe", pero cuántas veces me he tentado con tomar agua de una acéquia estancada, o sambullir mis manos tajeadas en la bosta fresca de alguna hacienda, o desenchufar la heladera de casa, solo para ver si una terapia intensiva cumple las veces de la cuchara atragantada de los presos que escapan de los hospitales. Qué peligroso..., acepto el glamour de un ser elegido, pero no el ánimo de mortificar a los olvidados.

Los tullidos y leprosos del abstracto continente de zapatillas y pantalones cortos tenemos una venganza escondida. Sí, lo confieso. Pero tiene su parte noble, porque para concretarse hace falta del nouvelle hombre sano, o más precisamente, de su soberbia. Lo pienso ahora y me sonrío. La lacra de los que pedimos fuego tenemos esta miseria, pero la aceptamos. Tengo en mi haber miles y miles de consejos a otros para escapar de la niebla en donde vagamos con mi Parca, y el jamás haber traído a la bruma un nuevo socio. Estoy casi seguro. Hay nobleza en el chiquero, pero esta venganza es una miseria asumida, como nuestro carnet cilíndrico de papel y algodón.

Muchas veces, cuando distinguimos de entre los mortales a los iluminados seres de renovados pulmones sanguíneos y vivos, esperamos. Esperamos que caiga la tarde, o que vuelva la luna, o que nos mime una cerveza, o que nos abrace el aroma del asado, y cumplimos un rito, un contundente golpe de ariete al mármol más sólido, al hierro mejor forjado de los bustos de los ganadores. "¡Uh! ¡Qué lindo está para un cigarrillo!". Empezó la ceremonia.

La segunda parte del rito, que no acude a ninguna túnica ni estola sino que siempre se es potencial ministro de esta crueldad, es la de sacar el paquete mullido de palitos de papel, apretarlo mínimamente para que se espolvoree el aroma rubio de la planta tostada, sacar el lápiz del tabaco, la pluma que dibujará abrasada en el aire las mímicas elegantes de mis manos, y llevarlo a la boca. Esa es la parte más comprometida del conjuro, la del beso. Alguien de la nube me comentó que el antitipo de ese beso al cigarrillo sería el beso de Judas. Yo no sé qué tiene que ver Judas con todo esto, pero desde esa vez he comenzado a sentir en ese beso, además de la venganza, el sabor de la traición. Y el de la condena.

No conozco a nadie que se haya detenido allí, en esa parte, aliviando la tortura. Todos pasamos a la tercera parte, el elixir, la liviandad, la calma, el perdón, el instante breve en que nos dejan salir de la nebulosa prisión y somos libres. En esta parte es cuando, sin cánticos ni alabanzas oscuras, prendemos el cigarrillo. No es un momento celestial, aunque hay gente que ha llegado a perdonar a su enemigo más cruel en ese momento de abstracción universal. Y en esta misma tercera parte está comprendida la construcción de la "Línea de incienso", ese curso constante que, como una vena de fuego, hace correr el humo en línea recta, dirigiéndolo a nuestro antojo, haciéndo círculos, cuadraditos, rombos, viboritas, solo con el silbido silente que producen las brisas de la nicotina.

Me cansé de ver titanes de la salud derrumbados en el suelo, llorando como niños en el dentista, afónicos de sus desbordes emocionales, y desnudando su brutal humanidad. Su tan pacata y miserable humanidad. Como la nuestra, la de los fumadores históricos, tercermundistas de la prevención, maleza de los jardines de la gente de buen aroma. Al fin y al cabo, no sé si somos tan distíntos. Todo el que exhibe su marca, por más noble que sea, también alguna vez se quemó con fuego.

4 comentarios:

  1. Excelente Mk, no dejés de escribir por tanto tiempo

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  2. Bueno Mark!
    Recuerdo que vos mismo una vez dejaste de fumar, fueron casi 11 horas, te acostaste a las 7 AM y te depertaste 6 PM, fue un buen intento...
    Y en mi caso dejé de fumar una vez que me enfermé...

    Abrazosss

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  3. Excelente!!
    Soy de los que dejó luego de una gripe. Hace 9 años ya... Chupate esa mandarina!! Pero por Dios, que no me encuentres medio tomado alguna noche, porque sé que todavía puedo volver...
    HORI

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  4. Segunramente ya te lo comentaron y no creiste o no te sirvio o lo que fuere. Yo tengo un libro con el que yo (y casi todos mis amigos) dejamos de fumar de un mes para otro sin tanto esfuerzo. Se llama "Es facil dejar de fumar, si sabes como".
    Yo lo lei. Cundo lo termine apague el ultimo cigarrillo (no podes dejar hasta que no termine el libro), me fui a la cama y le dije a Luz, mi mujer: "Negra, acabo de dejar de fumar" y ni respondio. Su silencio sono a sarcasmo, pero el tiempo me dio la razon. Hoy hace mas de 2 años que no fumo y confio en que no voy a fumar nunca mas.
    Si lo queres, decime donde y cuando y te lo alcanzo.
    Ah! Fumaba entre uno y dos atados por dia y no podia estar sin puchos
    Gran abrazo!
    Maneco

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