jueves, 19 de marzo de 2009

El domingo

--¿Le puedo hacer una pregunta? --me animé.
--Sí --respondió a secas el kioskero.
--Usted está siempre acá adentro, desde la mañana temprano hasta las diez de la noche. ¿No sale nunca? --le pregunté.


En su mirada había tantas respuestas, tantas cosas para decirme, pero volvió a tragarse el descargo.
--Sí, no salgo nunca. Tengo la tele ahí, el mate, y mi señora me trae la comida... --respondió opaco, como hablando desde una cueva.


Le dije que me impresionaba lo difícil de su trabajo, que sabiendo eso ahora podía valorar más la sonrisa que ofrecía a todos los que entrabamos al kiosko, que gracias por haberme guardado la billetera cuando la perdí en su negocio, que hacía mucho calor, y que si tenía cigarrillos. Pero él había tomado una decisión y se le fue a la mirada, como el alcohol a la cabeza.

--Es que yo antes trabajaba en un banco. Me iba muy bien. Tenía dos autos, una casa, y hasta me compré este local como una inversión para ver qué pasaba --empezó a supurar en lagrimas orales el dolor de muchos años.

Me contó que su trabajo era en la mesa de dinero, y que estaba al tanto de todo lo que pasaba en el mundo financiero. Me recordó los pobres detalles de una vida acomodada, de que lo invitaran a comidas protocolares, de que apareciera su nombre en el diario, de que esto, que lo otro. "Gracias a Dios tuve la sensatez de ahorrar en la buena", dijo, haciendo la introducción del por qué de tantas cosas hoy distíntas.

--¿Y qué pasó? --le pregunté, apiadándome de su carne viva.

Después vino la crisis, se cayeron los mercados, los bancos se reacomodaron y en ese acomodamiento, me decia, cayó él. Pasaba los cuarenta y sintió, con los más coquetos hombres de la farándula, el dolor de verse viejo. No lo marcaba su cara arrugada, su sedentario físico de escritorio, ni su pelo canoso. Lo marcaba su edad, su documento y la moda de que los ejecutivos debían ser jóvenes.

--Tuve suerte --me dijo por fin levantando la mirada--. No esperé mucho en encontrar trabajo, y a los cuatro meses abrí el kiosko. No perdí mucha plata en esa espera.

Mientras me hablaba, profundo y abatido, su mano cada tres minutos tomaba un trapo y lustraba el vidrio de su mostrador. Nos despedimos bien, después de hacer unos chistes de políticos y reirnos de la programación decadente de la televisión que lo acompañaba. Cuando salí me di vuelta para ver el kiosko. Por la inseguridad, la puerta tenía como un entramado de chapa a modo de reja, un toldo para la sombra y una esquina harta de tantos autos.

"Los domingos sí. Los domingos salgo de acá", me había dicho, explicándome que no importaba la cantidad de veces que uno pueda salir, ni tampoco la salida. "Lo importante --decía-- es saber que, pronto, va a llegar el domingo".

7 comentarios:

  1. Gracias por esta tregua. Y muchas gracias por esas "lágrimas orales", por tu magia literaria de siempre.

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  2. Gracias a vos, Cris, por estar, como "buen cura", a la sombra de todos atajándonos los penales con tus palabras y oraciones.

    Te quiero mucho, Cris, y espero que no pasen otros doce meses para volver a encontrarnos.

    Un abrazo grande
    Mk

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  3. Me encanto tu relato!! Y esa mirada que tenes sobre las cosas que hacen que por mas feas que sean se vuelvan lindas...Gracias por compartir tu Don.

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  4. Por qué este noble señor justo tenía que trabajar en un Banco y justo en una mesa de dinero!
    Muy buen relato!

    PD:ando en busca de un pequeño local, venta o alguiler, si alguien sabe algo, que chifle.

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  5. Es llamativo, Nico, pero te confieso (palabra) que cuando me hizo la descripción de su laburo me acordé de vos. Para que te quedes tranquilo, te cuento que hay miles de kioskos en Tandil que tienen contancto con afuera, mucho mejores que el de este pobre tipo.

    Un abrazo grande!
    Mk

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  6. Santiago Grondona19 de mayo de 2009, 20:55

    EX-TRA-OR-DI-NA-RIO!!!

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  7. Necesito contarles que acabo de venir del kiosko de este buen hombre, en donde hace días veo a una chica atendiendo. Parece ser que este señor vendió su kiosko porque estaba muy mal de salud y ya no podía seguir trabajando. La chica contaba que el hombre no pude ir de visita al kiosko porque le hace mucho mal.

    ¡Cuánto dolor y cuánta historia hay detrás de un mostrador!

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