martes, 17 de noviembre de 2009

Con mis siete años

--Respiren profundo... exhalen... --la música consiguió que me relajara, que pusiera mi mente en blanco, que lograra concretar las somnolientas indicaciones que la voz femenina me sugería--. Ahora busquen a ese niño, ese niño que son ustedes... cómo están, cómo se ven... búsquense... --insistió la voz.

Y aparecí en el pasillo del departamento donde vivía en mi infancia. No lo recordaba tan oscuro, ni ese olor a madera, ni el empapelado de flores claras, amarillentas... De a ratos lo veía todo con claridad, de a ratos todo se ponía más oscuro. Y me encontré, me encontré de... ¿tres años? Tenía un jardinero colorado y una remera de rayas de colores, pero estaba de espaldas sentado solo en el cruce de los dos pasillos que repartían senderos a los diferentes cuartos. Parecía estar jugando solo, la cabeza gacha, concentrado en algo de ese parquet. Yo pienso que exploraba el parquet. Siempre me gustaron esas tablitas en espiga sembradas por toda la casa, y separadas por una muy delgada varillita una de otra, y de otra, y de cada una de las tablitas. Pero no me podía ver, no era ese yo a quien estaba buscando. Eso sentí y mi niño se desvaneció. Y apareció otro más lejano, cerca de la cómoda del teléfono en el mismo pasillo, pero ahora a siete metros más lejos. Ni llegué a verlo con detenimiento, porque supe que tampoco era ese mi niño buscado, y mientras empecé a avanzar por el pasillo, se desvaneció.

--Busquen un lugar donde en su infancia se sentían protegidos, seguros...

No alcancé a pasar por la cómoda, ni por las puertas ciegas que escondían el fabuloso altar con el hueco en la pared para el agua bendita, que ya estaba en el estar, en el cuarto de la tele. El escritorio. No era un día típico, sino que era una de esas raras tardes amarillas de invierno. Mamá tejía en su púlpito, en su rincón eterno donde cuando el escritorio se llenaba de gente nadie ocupaba porque era de ella. Ahora cambiaba la temporalidad y era una tarde cualquiera, y me vi a la derecha de mamá, de la misma manera en que me vi en el primer ejercicio que habíamos hecho, en el mismo silloncito inexistente, y solos los dos, como en la primera práctica mental.

--Mirense, anímense a mirarse... No tengan miedo... No lo rechacen...

Apenas me vi, vestido de colegio, camisa celeste, corbata azul, pantaloncitos grises cortos... apenas me vi, mi niño me vio...

--...ponganle un nombre, un nombre cualquiera...

La sonrisa de mi niño fue increíble. ¡Se alegraba tanto de verme! ¡Me puse tan contento! ¿Cómo no me voy a animar a mirarme? Estaba feliz. No me podía sacar los ojos de encima. Veía esa cara mía a los... ¿siete? mis pies cruzados se hamacaban, las rodillas sucias, las manos entre las piernas y esa sonrisa... ¡Qué placer! ¡Cuánta paz! Yo estaba feliz, y le sonreía, y él me sonreía. No me sacaba los ojos de encima. No hablaba. ¡Cómo amaba a ese chico! ¿Cómo podía ser que estuviese ahí solo? ¿que no lo estuvieran abrazando, hinchando, jugando...? Probé llamarlo Ricardo... no, Esteban... Esteban, y el chico miró a la ventana. El ventanal del escritorio, cubierto en su parte inferior por una selva casera e inexplorada que mamá había creado y dejado fuera de control, colmada de platitos amarillos de chapa con borde negro, macetotas con miles de helechos, malvones... y arriba de ellas un cielo tan azul, tan intensamente azul... una tarde lindísima. Y lo vi mirándola, mirando esa tarde, ese cielo. Todavía no le habían sacado al firmamento de la ventana ese pedazo que llenaron con la torre de la Cancillería, y era todo un recuadro azul.

Imposible llamarlo Esteban. Este chico se llama Marcos, como que me llamo Marcos. "Marcos", le dije y me miró. Me miró otra vez con esa sonrisa, con esos ojos brillosos, con esas ganas de estar conmigo, con esas ganas desbordantes que tanto conocía de cuando tenía muchas ganas de algo, con esa felicidad, no podía saber qué quería, qué me pedía con tanta alegría. ¿Qué tenía que hacer? ¿Con qué pago esa sonrisa? Nos mirábamos. No entendía de dónde había aparecido ese silloncito verde oscuro, chiquito y de cuero brilloso y gastado en el escritorio. Estoy seguro que nunca estuvo ahí. Y ahí, donde no comprendía, estaba yo con mi sonrisa, con mi alegría... Con mis siete años...

--Abracenlo...

...y le di un abrazo. Y se apagó todo. Volví a ver la cara sonriente, pero ya era un recuerdo de lo antes vivido. Sabía que era un recuerdo, que el abrazo apagó esa comunión, y que otra vez habíamos quedado solos, él en el pasado, y yo en el presente. Él con miedo al día siguiente, al colegio, a los profesores, a las confusiones, protegido esas horas de la tarde, de cinco a siete, en que todo se dormía con la concentración de mamá en su tejido que, como un dios que descuida su obra, el universo gigante de la casa se detenía. Y yo, con miedo al día siguiente, a la misma lucha de cada día, a la sombra de la vieja depresión, protegido esas horas, de cinco a siete, por esa monja que nos decía, a risotadas y mucha vida, que dejemos todo en manos de Dios, que nos entreguemos a Él. Que Él nos cuida.

Que el universo, nunca se detiene.

8 comentarios:

  1. Gonzalo Revilla Cornejo18 de noviembre de 2009, 16:05

    Pocas veces lei algo tan bueno. Mientras leia me fui a los 7 años. Me transporte. Publica estas cosas Marcos.

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  2. Sergio Adrián González Bueno18 de noviembre de 2009, 22:48

    Excelente el relato, Marcos. Se va perfilando un atrapante estilo ameno y costumbrista. Intuyo en la encendida prosa un rescate de los valores humanitarios por sobre la patética cultura del individualismo que tanto nos atormenta.
    Te invito a seguir intentando emocionar desde la sencillez.
    Ahora mismo estoy en España. A mi regreso te cuento novedades sobre mi nuevo libro.
    Abrazo ibérico.
    Sergio

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  3. Siempre existe un niño que nos habita.que triste sería que no nos reconozca..

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  4. que bueno poder volver a verse uno, que lindo que siempre te encuentres sonriendo y feiz.
    que buena epoca la de ser chicos

    Gertru

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  5. Más de una vez soñé con ese encuentro conmigo mismo de chico... Sería uno de esos detalles que harían perfecto el Paraíso.

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