sábado, 28 de noviembre de 2009

La lata de galletitas

Aprendí lo que significa desprenderme de las cosas mucho después de haber creído que empezaba a hacerlo. Y comprendí la diferencia el día que a la oficina llevaron una lata de galletitas comprada en Italia.

Llegué como siempre, saludé a los que estaban, me ofrecieron chocolates europeos que comí con gusto y fui a la cocina a hacer mate. Pero en la cocina me esperaba una vuelta de tuerca. Un viraje marcado en este camino.

Me acerqué a la mesada y vi una lata de galletitas. Una lata italiana, también traída en el mismo viaje de una compañera, y me quedé impactado. La lata tenía un formato antiguo, como las antiguas latas que esa fábrica hacía en sus inicios, y con letras grandes decía "Orlando Grondona". Me la quedé mirando. La lata que era muy linda tenía mi apellido materno, y no podía sacarle la mirada de encima. Me asombraba que la habían comprado por casualidad, y no intencionalmente para mí.

Fui hasta donde estaban trabajando todos y les pregunté: "¿Alguien quiere la lata de las galletitas?". Se hizo como un silencio incómodo y uno me dijo, como sabiendo que esto iba a pasar: "Cuando Doris se entere que te la llevaste se va a querer morir, pero esa caja tiene nombre propio. Llevátela". No sabía para qué me la iba a llevar, pero ni lo pensé tampoco. Era un imán para mí. No pude pensar en Doris tampoco. "La lata... --agregó el mediador--, las galletitas dejalas en la mesada". Nos reímos, pero me llevé la lata.

En casa se la mostré a mamá y nos divertimos de la curiosidad. Y sin saber para qué la iba a usar, me la llevé al cuarto y la puse en la valija preparada para mi vuelta a Tandil.

A los dos días de mi adquisición seguía igual de divertido con la lata, que ya pensaba llenar de lápices, y llegando a la noche, me puse a pensar. "Mañana es el cumpleaños de mamá. Yo vi sus ojos cuando miraba la lata. ¡Qué estupidez! Una lata... Pero yo no me podía desprender de ella. Y yo vi la mirada de mamá, la sorpresa... Orlando Grondona... Realmente no podía regalársela. No podía. Simplemente no podía. Así que pensé en un librito que a ella le iba a gustar... Siempre un librito...", y me decidí por el librito.

Ese día de noviembre amaneció diferente. O yo amanecí diferente. Como un mandato, abrí mi bolso y vi la lata. "Orlando Grondona".

Tengo borroso el momento en que se la di. Tengo borrosa la alegría de ella, que me insistía en que me la guardara, que se ponía tan contenta... Tengo borroso ese momento. No entendí bien cómo hice, pero lo logré. Y se la di. Después, al segundo siguiente, al instante siguiente, sentí un dolor, una mezcla de arrepentimiento y gloria. Sentí como que había donado tierras a la patria, o que había renunciado a una herencia millonaria en pos de un bien superior. Una lata de galletitas...

Me di cuenta de que las cosas que me importan son las más insospechadas. Me parecen absurdas, pero solo descubro su importancia cuando siento que tengo que dejarlas ir. Tengo borroso el momento en que le di la lata a mamá. Tengo borroso su beso y su salida feliz de la cocina con la lata en sus pupilas. Lo tengo borroso, tal vez, porque no quiero recordar con claridad lo miserable que me sentí en haber dudado en regalarle mi lata de galletitas.

1 comentario:

  1. Dos historias paralelas: dos latas,dos madres y dos hijos.
    Marcos es el bueno,
    Mariquita,deja tanto que desear...en fin. nobody is perfect.
    Divino relato. muy tuyo.me encantó.

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