miércoles, 4 de noviembre de 2009

Los vi por Florida

Los vi por Florida. Florida, la peatonal de Buenos Aires, correntoso humano que erosiona la vida y deja morenas de basura y marginados plantados a sus orillas. Puedo sentirlo como un río correntoso porque andar por ahí es ir en torpes movimientos zigzagueantes, como en un gomón que gambetea las piedras de su curso violento de agua de montaña. Así se transita por esa peatonal, tal vez la única del mundo en donde ir despacio es arriesgarse al pechazo seco de alguno que apareció apurado entre dos transeúntes que se corrieron a tiempo, o de dar un rodillazo a una mujer que se recrea inesperada detrás de un quiosco de revistas.

Atravesando rápido en la confusa doble mano de esa peatonal fue que los vi. Estaban de la mano. ¡Cómo no verlos! Parecían llamar a gritos la atención. Su escándalo era el andar de la mano, caminando lentos, mirando vidrieras ella, él acompañándola, inmunes a los atropellos del riacho de gente que busca más velocidad cerquita de las paredes de los costados. Yo venía moviendo los hombros y la cintura, pero en un giro los vi. Los vi y me topé con dos personas que no adivinaron que aminoraría la velocidad.

Me puse en el centro de la peatonal donde están los osados que despliegan sus productos a riesgo de cualquier patinada o empujón accidental que les destruya todo en un segundo. No paré, ahí no se detiene, nada se detiene. Ellos parecían desafiarlo todo. Ella le hablaba a él y él parecía oír lo que le decía sin estar pegado a la cara. Yo los vi, y vi que otros los miraban también. No eran lindos, no eran jóvenes. Tal vez se trataba de unos artistas, como las estatuas vivientes, que recreaban una pareja serena que se amaba. No se miraban con pasión, ni se acurrucaban entre sus brazos, sino que sus manos agarradas y su manera de llevar esa caminata los delataba. Se amaban.

Caminarían así en Florida, tanto como en las playas desiertas del invierno, o como en las zumbantes cumbres de una sierra. Caminaban y se sentían bien, estaban en paz. Estaban contentos de estar juntos. Él en ningún momento tironeó, o se hizo el distraído, cuando ella detuvo su marcha ante unas sandalias doradas. Él la estaba sintiendo, la estaba mirando, cuando no con los ojos, con el olfato, con el tacto, con los sonidos, con el sabor, con el alma. Ella le hablaba cosas sin mirarlo, pero él la miraba hablar. Tal vez para leerle los labios ante el ensordecedor rugir del agitar de miles de zapatos, pero la miraba.

Y ella se sabía una reina. Segura, de la mano, sabía que todo iba a estar bien. Que no necesitaba prestar atención a nada, solo disfrutar de las sandalias, o de unos collares que jamás podrían comprar, o simplemente detenerse a buscar algo en su cartera, y seguir buscándo, y buscar, y buscar más hasta que el puesto de revistas de la esquina se interpuso entre ellos y mi lento caminar. Yo nunca había podido detenerme y los acababa de perder de vista. Nada se detiene ahí. No hay que parar nunca.

Crucé la calle volviendo a la agenda de ese día, pero un rato después volví mi cabeza hacia atrás buscándolos. La rompiente humana ya los había sumergido de mi mirada. Pero supe que estarían a salvo, que seguirían caminando indiferentes a una Buenos Aires que le perdió el respeto a sus habitantes. Seguirían caminando lento, parando en las vidrieras. Porque ahí nada se detiene, y sus corazones vivos galopaban en latidos colmados de sangre caliente, de miembros vivos, de manos tibias. Galopaban tan rápido que en la atestada calle Florida se llevaron puestos la rutina.

6 comentarios:

  1. Marcos, como siempre.....impecable, te felicito, un abrazo grande y espero los proximos o quien dice...el libro.

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  2. Muy bien descripta la situacion... es tal cual...
    Cuando andes por aca avisa y te venis a casa a tomar unos amarillos..
    Un abrazo,
    El Gordo.

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  3. BUENISIMO. cuanto detalle de un momento tan puro y de esa gente "distinta" en el océano de Florida.

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  4. Gonzalo Revilla Cornejo6 de noviembre de 2009, 11:15

    Muy bueno.

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  5. Son ejemplares en extinción.
    como la ballena franca del sur,
    como la sortija de las calesitas..

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  6. Detenernos y ver , cuánto cuesta !... muy bueno !

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