domingo, 29 de noviembre de 2009

Santos

Pocas veces tengo la oportunidad de verlo a Quitos, mi hijo, jugar al fútbol, y esta vez la tuve. Me pasó lo que me pasa cada vez que voy. No me acuerdo de los nombres de las pocas caras que reconozco, y las que ni recuerdo son las que se acuerdan hasta de mi DNI. Y sufro. Pero esta vez apareció casi enseguida María, que es excelentemente cálida, y enseguida me hizo sentir cómodo, lo mismo que el resto del grupo.

Al rato ya estaba integrado en el grupo de padres que estábamos esperando se libere la cancha 2A para que los Dragones Azules se enfrentaran a sus rivales. Sin saber bien cuáles eran los pasos y procedimientos en que se manejaban habitualmente, viéndolo a Quitos con su camiseta azul, con el dragón dibujado en el pecho, yendo y viniendo con sus amigos, empecé a llevar y traer al equipo para mojarles la cabeza, ya que el lugar parecía un horno de barro infernal, juntándolos y mirándolos, sacándoles fotos, etc.

Empezó el partido y no me cansé de gritar que busquen la pelota, que suban, que bajen, que pasala, que bien Quitos, que bien atajada arquero, que suban, que bajen, y me preguntaba en mi interior cómo era posible que los contrarios no hicieran goles. Eran buenísimos, pero los Dragones eran como un fardo unido que se movía en brutal choque, y no les permitía armarse. No, no era de pizarrón, los Dragones se manejan en la estrategia del "fardo" por única opción. Ganamos tres a dos. Reemplacé el Credo por un travesaño de ellos en los últimos minutos, y dos tiros al palo. Dios existía.

El equipo estaba eufórico. Iban y venían, estaban felices. Nosotros, los padres, también. "Hace miles de fechas que no ganaban --me dijo un padre--. Marcos, si ganan el próximo partido ¡te van a tomar por cábala!". Sonreí, pero por adentro me puse feliz. Tal vez me asociaban con el triunfo y me quisiesen. No sé, fantasié con eso un rato y me sentí bien. Se acercó la hora del segundo partido , y marchamos como beduinos bajo ese sol impiadoso hasta la cancha 2C, estadio del último encuentro contra "Los Matadores". Busqué un bidón de agua y otro padre les empapó la cara. Los chicos se reían. No tenían nada de nervios, ninguna preocupación. Acababan de ganar, ¿Cómo no iban a volver a hacerlo?

Los contrarios, con camiseta colorada se presentaron, los Dragones Azules salieron a la cancha, y el réferi sonó el silbato. Me puse al lado del arco nuestro, como en el partido anterior, para llenarlos de indicaciones cuando los matadores se acercasen al área. Pero eso nunca pasó. Los Dragones los tuvieron en el arco contrario todo el partido, al punto que hubo que echar a unos chiquitos que se pusieron a jugar a los espadachines en nuestro campo. El mejor jugador nuestro, indiscutiblemente, era un rubio de pelo lacio, más largo de lo que es corto, y más corto de lo que es largo. Quitos defendió muy bien, y fue varias veces responsable de la soledad mortuaria de nuestra área. Hubo un gol... El partido estaba cocinado, y a mí me resonaban las palabras de ese padre, "¡Te van a tomar de cábala!", y yo me sonreía solo.

Entre las jugadas claras de los Dragones, que descubrieron otra estrategia diferenciada a la del "fardo" in situ, Quitos le pasa la pelota al rubio, este esquiva a algunos y patea. Gol. Yo grité, todos gritábamos, estábamos felices. Los chicos se saludaban entre ellos. Y veo que el rubio en su festejo empieza a correr para nuestro campo, esquivando a sus compañeros que lo querían abrazar. Cruza la mitad de cancha a gran velocidad y, ya en nuestro campo vacío, excepto por el ermitaño arquero, enfila hacia mi lado. Yo levanto los brazos y lo felicito, pero el sigue corriendo hacia mí. Algo raro me corre por las piernas, lo miro con más detalle, su carrera era imparable. Venía hacia mí, venía hacia mí, faltaban metros, venía hacia mí... y lo abracé, y me abrazó. "¡Genio! ¡Qué golazo!".

Lo bajé, él nunca dijo nada, y volvió en igual corrida a la cancha. Yo no podía pensar. No sabía ni su nombre. "¿Cómo se llama este chico?", le pregunté a María. "Santos".

Después hubo otro gol, y otro más. Y no sé si hubo un quinto, porque el partido para mí se había suspendido en el segundo gol, cuando Santos, el goleador, cruzó toda la cancha, de arco a arco, para abrazarme y festejar su gol conmigo, con el papá de Quitos, tal vez, la nueva cábala de los Dragones Azules.

4 comentarios:

  1. la presencia de un padre es lo mas

    ResponderEliminar
  2. Gonzalo Revilla Cornejo30 de noviembre de 2009, 10:35

    La "cabala" de Quitos es tener un padre que es un gran tipo! muy bueno abrazo! y vamos los Dragones

    ResponderEliminar
  3. Grande Mark!

    Alta onda estos últimos relatos,y además lograste que entre a la página y haya 2 relatos que aún no habia leido... bienvenida esa productividad!
    Gran abrazo gran

    ResponderEliminar
  4. Es increíble cómo logras transmitir ciertas cosas. Me encantó este texto, y me encanta saber que tenés esa sensibilidad que te permite disfrutar de las cosas de un modo especial. Abrazo

    ResponderEliminar