domingo, 18 de abril de 2010

En apenas dos años

--Ya sabe, Marcos.
--¿Ya le dijeron?
--Sí --contestó Roberto.
--¿Y? --pregunté intrigado, pero él ya no me oía y cruzó la calle. Yo di la vuelta al auto y, cuando estaba por subir, la vi mirándome por la ventana. La saludé con la mano en alto, le sonreí, pero ella estaba seria, paradita en la ventana, con la cortina corrida y su suéter colorado.
Me subí al auto pero seguía ahí parada mirándome, y no aguanté más. Bajé del auto con decisión y ella, apenas vio mi reacción, corrió la cortina y se perdió en la galaxia de su casita. Fui hasta la puerta y antes de tocar el tímbre pude escuchar sillas corriéndose y movimientos rápidos y nerviosos, tal vez intentando que olvide que la había visto en la ventana. Toqué el timbre y al rato me abrió.

--¡Hola, Victoriana!

Pero ella no tuvo esta vez, como siempre, la cara iluminada, la expresión alegre, sino que me miró como si no me reconociese.

--¿Marcos?
--Sí, Victoriana. ¿Cómo está?
--Hola, Marquitos --en su voz estaba hospedada la amargura--. ¿Te vas?
--Sí, Victoriana, me voy para estar más cerca de los chicos estos años que son chiquitos todavía. Pero voy a volver, Victoriana. Voy a venir a visitarla.

Victoriana no me podía mirar a la cara. Subía la cabeza para mirarme y la bajaba enseguida para clavar sus ojos perdidos en mi pecho.

--Sí..., ¿están bien los chicos?
--Sí, Victoriana, están muy bien.
--...claro..., es importante que estén bien los chicos... y vos también tenés que estar bien para ellos...
--Sí, Victoriana.
--...claro... ¿Y cuándo volvés?
--No, Victoriana. Volveré en algunos años, más adelante. ¡Pero voy a venir a visitarla!
--...claro... --su mirada siempre en mi pecho, a donde llega su cabeza-- Y ellos no quieren venir para acá...

Tandil seguía con su día como si no pasase nada, mientras un alud imparable me derrumbaba por dentro. Estoy casi seguro de que, cuando vuelva, Victoriana, hoy luciendo elegante y altanera sus herméticos noventa y seis años, ya no va a estar. Victoriana es hoy, ahora. Una abuela que me regaló la vida, que me vino de yapa en este derrotero de los que tenemos visa para estar en donde la vida nos lleve. Su mirada ciega, invisible, seguía clavada en mi pecho. No pude seguir.

--Victoriana, me tengo que ir. Paso en otro momento para que nos tomemos unos mates.

Fue el único momento en que levantó la cabeza y me pudo mirar a los ojos. "Claro...", contestó, "yo voy a estar por acá. Siempre ando por acá", me dijo y señaló su provincia, su territorio acotado por la mesa, algunas sillas, la tele, y su cocina.

Mientras me subía al auto miré a su ventana, pero ella ya no estaba. Entré, y pensé en que hace apenas dos años que la conozco a Victoriana. Y hace décadas que es mi abuela del alma.

¡Cómo la voy a extrañar, Victoriana!



10 comentarios:

  1. Que lindo Marcos!!!!!

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  2. Maria Alejandra Fuertes Vega19 de abril de 2010, 8:53

    Me haces emocionar!! Ojalá cuando vuelvas la puedas ver!!

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  3. La volverás a ver, eternamente. Los años no pueden con ella. Ni los escapes de gas...

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  4. Ya no escribis mas?

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  5. Ya no escribis mas?

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  6. Sí! Claro que sí. Y más después de tu interés.

    Mk

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  7. En donde se te puede leer entonces...? Porque por aqui no encuentro nada nuevo

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  8. Se extrañan tus relatos..A veces algunas cosas se nos hacen vicios..vio?

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  9. excelente descripcion por lo poco que la conoci.. un par de veces.. y cuando hablaba de vos .. se le escapaba una sonrisa..muy bueno !! me anote como seguidor de tu block .. abrazo
    Martin

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  10. MARCOS!!! ME EMOCIONO MUCHO!!! SOS UN GENIIOO!!!!!! VOY A SEGUIR LEYENDO!!! M. BESOS!

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