viernes, 28 de mayo de 2010

El Conflicto

--Con su papá está todo bien –me dijo Miguel--.Él en la reunión se jugó. Con su papá está todo bien. Y hubo otros también, pero los demás no. Con los demás no.

Se lamentaba, se quejaba, había rabia en su mirada, pero todo lo hacía con su voz de siempre, su voz tranquila, su manera lenta… Su cuerpo flaquísimo estaba rígido, derecho, con aplomo. Todos sus años, que son muchos, habían consumido su carne, pero solo eso. Su vigor, su fuerza invisible estaba en sus puños graciosos.


--El peor fue… fue ese. El de la planta baja –dijo sin nombrar al más reconocido de los vecinos del consorcio--. Ese fue el que me rajó –su cabeza asentía pero de una manera tan pausada que parecía perseguir una mariposa por el aire--. Ese es el que hablaba de que era mucho dos sueldos, que para qué dos porteros… Con su papá está todo bien.

Era imposible que infunda el más mínimo de los temores. ¿Cuántos años tendría? ¿Setenta? Sus puños eran nudos de una soga fina, su rostro pomuloso, chupada la mandíbula, en sus cuencas hundidas la mirada, su estatura tan baja…, nadie podía apenas conmoverse sin antes decidir prestarle atención.

--Ahora me jubilé, estoy bien.

¿Se jubiló? ¿Cuántos años tendría? ¿Qué rutina le habría consumido el cuerpo, secado la piel? Bajo su pelo negro y, sumergida en la sombra, brillaban sus pupilas furiosas, impotentes. En cada gesto abundaba el respeto, la buena manera. Nunca me quedó claro su despido. Era un buen portero.

Mientras lo miro hablar y manifestarse, me acuerdo cuando Gloria, la indigente que duerme en el umbral del porch de entrada del edificio, me dijo emocionada, después de regresar habiendo estado ausente por un buen tiempo de las noches del barrio, que un día Miguel le dijo que se tenía que retirar porque el vecino del tercero se había quejado. Ella levantó sus cartones, sus mantas tejidas, sus botellitas vacías, y se fue. Cuando a la semana y media pasó por la esquina oyó unos gritos que la nombraban. Era Miguel. Ella se acercó, y Miguel le dijo que ya podía volver, porque el vecino del tercero se había mudado. “¿Sabés lo que es eso –me decía Gloria--? Sentí que existía para alguien”.

Hoy Miguel había dejado de existir. Volvió a sentirse sombra de la calle, revoque caído de un mural importante. El encuentro se daba exactamente a media cuadra del consorcio que lo había despedido. Rondando por ahí, por allá, revoloteando lo que fue, lo que tuvo mientras existía.

--Bueno, Miguel… --aventuré alejándome para que note que me iba.

--Pero con su padre está todo bien –insistió.

Volví a mirar sus ojos impotentes. Impotentes de reunir el mayor ejército de la historia y sitiar el edificio pidiéndo las cabezas de los que lo condenaron a tanto vacío, soñandose con la armadura, montado en un tordillo sucio de barro, con caballeros flanqueando sus espaldas con los estandartes flameando un dibujo torpe hecho por sus manos y borados por su mujer. Fantaseando con los culpables arrodillándose ante él, con sus manos atadas a la espalda, y el conflicto. “¿Los mato o no los mato?”

Y me alejé. Me llevé en la cabeza el eco de su consuelo, de su amnistía, “Con su papá está todo bien”. Y él se alejó por la vereda anónima, fugitiva, con el peso ardoroso de una decisión enajenada.

“¿Los mato o no los mato?”

4 comentarios:

  1. Que bueno Marcos, que vuelvas a escribir!!!!
    Se extrañaba muchooooo!!!!

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  2. Excelente Marcos! Te felicito! beso grande

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  3. Como siempre Marcos, sensibilidad y la mirada en el pròjimo. Muy bueno. Gracias!!!

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  4. Los mato o no los mato?
    ...es que todos tenemos un Doctor Jekyll y un Mr. Hyde en nuestro interior. Sin entrar en detalles psicopáticos, eso si.


    Miss you. a lot.

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