martes, 22 de junio de 2010

Nachito, "el profeta"

No sé si miraba la escultura prismática que estaba en la vidriera, o mi propio reflejo que se imponía sobre ella. La tarde noctámbula del otoño y la lluvia me hicieron parar en la elegante calle Arroyo y mirar ese tótem extraño como un gusto refinado que le daba a esa tarde de melancolía. Una bocina grave sonó con mi apellido, un clásico saludo porteño, y me di vuelta. Era Nachito, el profeta.

--¡Cómo andás! ¿Siempre por acá?

Nachito es el genio de las frases ambiguas. Interceptando a todos los habitantes de la zona, desarrolló una cualidad única para entablar un diálogo esté en la situación en que esté, sea la hora que sea, y sin saber nada de la persona a la que abarca. Muchos deben creer que Nachito es una leyenda urbana, o deben colocarle esa etiqueta a otros personajes del barrio, pero Nachito, el profeta, hay uno solo, y me lo estaba volviendo a encontrar después de… ¿quince años?, con la misma cara, la misma expresión, el mismo vaivén de su cuerpo al hablar.

--¡Nachito! ¿Cómo andás? No, yo me fui a vivir unos años a Tandil y ahora estoy de vuelta desde hace un mes, más o menos.
--Y ¿cómo está tu hermano, ese que se parecía a Paul Newman? Tengo una mina para presentarle. Es el más chico de ustedes, ¿no?

Mientras hablaba se me vinieron todos los cuentos, todas las historias, todos los momentos en que me lo crucé por el barrio. Me acordé del día que lo vi en la parroquia del Socorro, hablándole a una amiga mía que hacía la cola para confesarse. Después de que se fue me acerqué a ella y le pregunté de qué hablaban. Me dijo que le había dado un papel nomás. Era un papel recortado de una agenda que tenía escrito en birome azul: “Hola, mi nombre es Nacho. Soy un buen chico y quisiera conocerte. El amor es como un viento fuerte que llega y se va”. Abajo, su teléfono.

--Tenés que engancharte con una millonaria –me decía enardecido--. Yo te la presento. Tengo una que…

Había algo diferente a todas las muchas veces que lo había visto. Tal vez cierta bondad en su mirada, un destello piadoso que me demostraba una verdadera sorpresa agradable en sus ojos. Y una súplica de que no me fuera enseguida.

--Tenés que pintar –me dijo--. ¿A qué te dedicás?
--Soy dibujante, Nacho.

Sus ojos se abrieron grandes y por primera vez en mi vida lo vi verdaderamente sorprendido.

--¿En serio? ¡Tenés que pintar! ¡Yo estoy vendiendo pinturas! ¿Ves aquella casa –me preguntó señalándome la galería Palatina—? Son amigos míos. Mirá esa porquería que está en la vidriera… --dijo apuntando a la pintura que rato antes yo había visto de lejos con admiración por el buen manejo de la acuarela, algo técnicamente complejo--. Si eso se vende imaginate lo que podés vender vos, ¡te llenás de plata!

Vendiendo pinturas… Imaginarme a Nachito entrando a una galería de arte ya era algo fascinante. Pero no todo iba a ser tan liviano. En una distracción, mientras admiraba la buena acuarela de Palatina, Nachito lanzó.

--Dame tu teléfono.

Parece una pavada, pero me agarró distraído y no supe qué contestarle. No le iba a dar mi teléfono ni por accidente, pero tampoco tenía pensado mentirle. No quería mentir, era una conversación tan linda, con un personaje entrañable de mi barrio… Titubeando le cambié tres dígitos. Él sacó unas hojas con las lecturas del domingo pasado de la parroquia del Socorro donde, entre el Antíguo y el Nuevo Testamento (por estas cosas le llaman el profeta), con birome azul, estaba escrito su teléfono y su nombre; “Nacho”. Como quien cierra una operación lógicamente cocinada, resolvió todo con un “llamame”.

Con el tiempo las ciudades cambian, los barrios se modernizan, el abandonado edificio donde se enquistaba el almacén de Castro, hoy es un símbolo del lujo vestido de Sofitel, que ya se entronizó como otro ícono más del barrio, y sin embargo sigue siendo el mismo barrio que me vio nacer. Pero cuando desaparezcan sus mojones vivos, cuando desaparezca el último de los “nachitos” que andan regando de identidad las calles, estoy seguro de que ese día me voy a convertir en un visitante foráneo y pintoresco de Retiro.

Mientras Nachito pueda entrar a Palatina y a cualquier negocio del barrio con su historia del día, y lo preserven, y le correspondan con piedad y cariño el puesto que se ganó en el barrio, entonces… él y yo seguiremos a salvo.

4 comentarios:

  1. Que bueno esto, Por dior, como digo yo.
    Capo Nachito, que vé mierdas en la vidriera de Zurbarán y encima, te quiere enganchar una millonaria. Flojo lo tuyo al dibujarle el telefono, muy.
    Espero que te apiades y no dibujes el telefono de polñúman cuando te lo pidamos...

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  2. Marcelo Revilla Cornejo23 de junio de 2010, 19:16

    Gracias Mk!!! Muy bueno!!!

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  3. Siempre me gusta!
    Todo lo que escribis, me gusta!

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  4. Uno nuevo que pasó por el blog25 de junio de 2010, 12:06

    Hola. que lindo es este blog.
    Porqué se llama dos y paramos??

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