sábado, 20 de noviembre de 2010

La Victoria

Terminaba el almuerzo, se corrían las sillas, se paraban los grandes, y yo saltaba de la mesa y corría a la puerta. Era la hora de la siesta, la más esperada, donde los grandes mágicamente desaparecían de todas partes y el campo era nuestro. Abría la puerta-mosquitero de un empujón y corría. Corría a los lugares donde ya podrían estar "todos".
Y llegaba. Llegaba a Adelante de la Casa Grande, llegaba a la Cancha de Paleta, llegaba a Las Hamacas, llegaba a La Pileta..., llegaba al club. Esos eran los lugares donde a esa hora nos encontrábamos todos. "¿Y Lanutria?", "Se peleo con Nacho en la mesa y no lo dejaron salir". Y así se tomaba lista de los que faltaban. Todos los lugares eran públicos, menos El Club.

El club era un hueco entre ramas pesadas que arrastraba cualquier árbol hasta el piso, o algún gallinero abandonado, o un montecito jóven a un potrero camino al Rodeo, o el guardaganado viejo de la antigua entrada a La Granja, cualquier lugar donde pudiésemos ser "dueños" de estar, sin que nos manden a buscar galletitas para el té, o una cartera olvidada en las casas por nuestras madres.

El club era un refugio sagrado, y como tal, tenía una contraseña para entrar. Quedó en el recuerdo el día que las primas, después de una batalla campal de bellotas, entre los zumbidos de los proyectiles, gritaron la contraseña. Todos nos quedamos helados. ¡No podía ser! La guerra cesó y con tremenda humillación las vimos entrar, ordenar las camitas estaqueadas hechas de bolsa de arpillera y pasto seco, acomodar sus muñecas, y sacar groseramente unas tacitas de te y jugar a la mamá y el papá, de lo cual participaba, víctima, uno de nosotros. Cuando se fueron, dejaron desolación y verguenza.

Se hizo una investigación rigurosa para saber cómo supieron la contraseña. Al día siguiente supimos que la contraseña había sido revelado a las chicas por Tío Eduardo que, a su vez, la supo por Fran. Por un tiempo Fran fue un personaje osco que no apareció en las siestas por nuestro nuevo club.

Había una competencia, más que un deporte, mejor que un campeonato, una carrera de autitos de plástico barato, que nuestras madres nos compraban en Ayacucho a cambio de todas las cosas que les pedíamos. A esos autitos los abríamos por debajo y los llenábamos con piedras y plastilina, les quemabamos los fierritos de las ruedas para que estas se "soldaran" y les pegabamos recortes de marcas de las revistas con un engrudo que, en nosotros, los más chicos, duraba apenas mitad del recorrido.

Es que el recorrido era largo. La pista daba una vuelta por la parte central del casco, donde estaban las casas, y la carrera tenía normas tan estrictas que solamente hacían alguna trampa los que, muy rezagados, nadie los veía. Tengo la imágen de estar parado en el caminito que iba a lo de Ferrari, veinte metros, y en ese caminito contar quince primos preocupados por ver que Gonzalo y Ale ya habían pegado la curva hacia lo de Madero.

Ale, y antes Keo, tenían dos autos fuera de lo común. Keo tenía un fitito que tenía tanta fama que cuando dejó de correr se lo seguía evocando. Y Alito tenía un torino que más de uno corrió el auto para dejar pasar esa maravilla. Las carreras, para ellos, significaban una nueva manera de ganar. Y la competencia, entonces, era sobre el segundo, tercero y cuarto. Y el quinto, para los de mi generación, los más chicos, que no teníamos el estilo de los más grandes. Puedo ver mi autito ir doblando en una parábola espantosa hasta, a muy baja velocidad, salir de la pista. "¡Liiiistoooo!", gritaba el último, y como un pase por la línea de rugby, iban cantando las voces de Listo, que llegaban hasta a doscientos metros del último, perdidos ya de la vista del cuerpo de la carrera. Por las tardes, en el casco, gemían las palomas, ladraba algún perro, y se escuchaba a cualquier distancia de las casas los cantos de Listo.

No sé quién inventó que, cuando estábamos llegando al campo, siendo muchos primos y hermanos, se cantara "La-vic-toria, zana-zana-horia", o "lavictó-lavictó-ooo, vamos la victó-ooo", pero la llegada al campo los últimos días de diciembre siempre era un momento de muchísima excitación. Nos bajábamos del auto y me invadían los aromas del parque, de plantas y flores, de la bosta de los caballos, el olor de la humedad de los cuartos, y el aroma de la leña quemándose en los fogones de la noche, con las guitarras de Mariano y Adelita cantando Sapo de la Noche, Virgen Morenita, y tantas canciones más...

Una vez llegó un croto, un linyera buscando comida y charla. Solo la tuvo con nosotros, un grupito de chicos curiosos que nos íbamos hasta el galpón de las máquinas, allá cerquita de la casa de Tata, y entre chimangos y carrilines, el croto nos contaba historias fabulosas mientras arrasaba con su plato de locro. No sé qué sentiría Mingo Caín que, años antes que él, antes de nacer yo, había llegado como él y se quedó de parquero hasta hace poco.

Otro hito de aquellos años tan felices eran los campitos. En Las Hamacas, punto de reunión cuando lo que había para hacer era nada, había un arenero grande. Ahí nos juntabamos los chicos, y no tan chicos, a generar parcelas marcadas de palitos a pique, donde las vacas eran palitos de ramitas de eucaliptus con una sola pelotita de brote, y los toros... con dos, claro. Los peones eran las bellotas, ya que venían con boina, y nos pasábamos la tarde visitandonos de campito a campito y juntando vacas de entre las cortezas caídas de los añosos eucaliptus que siempre, siempre, nos acompañaron por cada rincón del casco.

Una vez, siempre me acuerdo, Carlitos estaba aburrido; tal vez porque ya se le pasaban los años para aquel juego tan divertido, cosa que yo no podía entender ¡qué corno le pasaba a un grande (así calificábamos a los mayores) como para no divertirse con semejante programón! Mientras todos armábamos campitos, él decidió hacer la Iglesia de Ayacucho. En un momento en medio del juego, nos llamó la atención sobre que visitar a Dios era algo importante y que no debíamos olvidarnos de Él en las buenas tampoco, entonces todos, con pereza, fuimos a "su" iglesia en el arenero. Una vez todos adentro pasó la canastita con una bellota-sacerdote, y al terminar dijo "bueno, ya está". Indignados (indignados de qué???) le exigimos que dé al menos un sermón, por lo que dijo unas palabras y todos volvimos a nuestro juego habitual.


La Victoria de aquellos años fue un lugar preservado de la realidad urbana. Era el campo que tenían mis abuelos en Ayacucho. Un paraíso sin lujos pero con todo para inventar, crear e imaginar. Cuando a Toto, creo que en sus siete años, le preguntaron cómo imaginaba el Cielo, dijo "es como La Victoria". Hoy pienso lo mismo. Los mayores anhelos eran tener una paleta con tarugos, encontrar una Pulpito entre los pastizales de atrás de la cancha de paleta, y que venga Fanuel, con su camioneta Citroen, y que, abriendo sus puertitas de la caja, le compremos fajas, alpargatas y Patoruzitos.

Yo tuve un anhelo que recuerdo bien. Sentado entre los peores lugares, donde nos sentábamos los chicos en las guitarreadas, miraba a Mariano, mi hermano, cantando junto con mis otros hermanos y primos mayores, con voces fuertes, voces anchas, que empalagaban de furor el silencio de tanta estrella, Sapo Cancionero. Para mí esa canción era un poema a la vida. Tan chiquito y tan emocionado por aquella zamba andaba que recuerdo la noche en que anhelé con toda mi alma... cantarla. Y qué lindo es poder decirle a ese chiquito que hoy la canto. La toco y la canto. Estoy seguro que el día que yo me muera me voy a volver a encontrar con ese chiquitín que fui a mis siete años, y le voy a decir al oído: Vení, no sabés la cantidad de cosas que aprendí. ¡Y nos vamos a divertir tanto!

Cuando las cosas no salen como lo esperaba, cuando me pierdo de vista en la niebla de un mundo ajeno, cuando mi cabeza se agacha y mira el piso, yo me escapo unos segundos, y vuelvo a La Victoria.


14 comentarios:

  1. Muy bueno Marcos!!

    ResponderEliminar
  2. Muy bueno, Marcos.
    Si cada edad tenia un privilegio, sobre los menores.
    Y todos queriamos llegar a la proxima etapa, pero sin querer dejar la que en ese momento nos tocaba.
    Infancia llena de recuerdos, eseñansas, valor. Formacion para hoy.
    Un beso, Gertru

    ResponderEliminar
  3. Yo quisiera volver a encontrar la pureza, nostalgia de tanta inocencia, que tan poco tiempo duro...

    ResponderEliminar
  4. CUANTOS BUENOS RECUERDOS!!!!!

    ResponderEliminar
  5. Fascinante!!!! siempre q te leo Marcos se me escapan los lagrimones...

    ResponderEliminar
  6. TAL CUAL !! Que facilidad para describir! Lo del croto me lo acuerdo como si fuera ayer. Muy bueno !

    ResponderEliminar
  7. Ese matungo donde estas tan bien montado era el Catinga, y también estaban el Copucho, el Olvido, el Torrejas...y apuesto que el croto era Marcovecchio, que andaba en sulky y dormía con 12 perros. Qué buena época!
    Desde enfrente,
    Juancho CC

    ResponderEliminar
  8. Yo estuve ahí.
    Hay cuentos que nunca me voy a olvidar. Como el de las vaquitas y los toros, con sus sutiles diferencias, ponéle.

    ResponderEliminar
  9. ¡El mejor Marcos! ¡Qué infinito backup de felicidad Dios nos regaló a quienes nos dio una infancia feliz! Pensar que hay gente -reflexionábamos una vez con Santi Madero- que en su malas no puede "refugiarse" buscando "entre los recuerdos", que son un abismo más del que huir...
    Yo soy de una generación de transición, que gracias a Dios llegó a conocer las carreritas de los autos llenos de piedras (yo tuve uno con calcomanías de "elf"), los campitos de ingenua grandeza, y demás lindezas de la vida de campo... sin Interné ni video.
    Toto a los 7 años, y vos, hoy, siguen teniendo razón. Esta es una certeza por la que doy mi vida: el cielo va a ser "Dios y Ayacucho". Si no va a ser así, que me devuelvan el dinero, o que Tata Dios me avise antes de que me ordene... Pero no, porque ASÍ ES NOMÁS. Abrazo enorme. Gracias.

    ResponderEliminar
  10. Marcos, lindísimo! Que buena descripción! Es mas o menos lo que, para nosotros, fué Tandileofú! Un abrazo grande! Maneco

    ResponderEliminar
  11. Juancho! Qué lindo verte por acá! Exacto, ese ejemplar es el Catinga. Para que galope había que ofrecerle plata, y siempre andaba con su par el Copodenieve, el Copucho, que eran la dupla para los chicos. Qué suerte que tuvimos de poder vivir esos días!

    Cris! Qué fenómeno! Qué bueno que alcanzaste esa época. Tal cual como decís vos, siempre entendí con perfecta claridad el nombre de tu blog "Dios y Ayacucho". Mi gran duda es si allá, en la matera de la eternidad, estará o no Navarrete, que siempre dijeron que se había escapado de Chile porque había limpiado a un muñeco.

    Maneco, tal cual. Estaban La Victoria, Tandileofú, y alguna que otra estancia que recolectaba familias y hacía de los veranos una usina de historias, mitos y secretos de una infancia muy feliz.

    Mery, qué bueno que estuviste ahí! Ojalá que tu pluma algún día hable de eso.

    Mk

    ResponderEliminar
  12. Emocionante saber que fuimos y somos tantos y tan pocos los tocados por el dedo del Padre que nos regalo un paraiso para dsr unos primeros pasitos y asi.. siempre querer volver a ese lugar... aunque sea de corazon... y poder reconocer que es "lo importante". Es nuestro deber. Gracias Marcos!!

    ResponderEliminar
  13. Marcos querido!!! Lo leí y la emoción me llegó a los ojos!! Los campitos evolucionaron en mi generación a campitos pero con alambrado clavado en tierra (abajo de un pino que estaba al lado de lo de Madero junto a la cancha de noche) nuestras vacas eran las bellotas (personas que habían perdido su boina) las casas eran con cortezas y llego hasta haber caminos con postes de línea telefónica. Recuerdo Lola muy repudiada por haber traído su casa de muñecas (así no vale)
    Carreritas: tuve autos de gran desempeño. No me olvido más hacer "de un tiro" el caminito de cemento que iba a lo de Marcos Sechini. Llegamos a tener u. Cuaderno con los resultados de las carreritas oficiales del verano y sus puestos.

    ES TANTO LO QUE GOZAMOS NUESTRA INFANCIA QUE NO PODIAMOS MENOS QUE HACER EL PROYECTO POR OTROS 170 AÑOS MAS DE LA VICTORIA EN LA FAMILIA!!!!

    GRAN ABRAZO

    ResponderEliminar