jueves, 17 de febrero de 2011

El negocio del corazón

Entró erguida, con paso elegante, pausado pero no lento, marcando con el compás de sus tacos el leve oleaje de su cadera. Hombres y mujeres ya sentados en las mesas la miraron y la conversación estridente amainó en un murmullo regular. Su pelo rubio y suelto resaltaba sobre los hombros de su saco azúl oscuro, y una falda elegante prohibía mirar por sobre sus rodillas. Se sentó al lado de un conocido empresario de bienes raíces, conocido en todo Long Island, pero también conocido por ella, amigo personal que frecuentaba su local buscando, alguna vez, conquistarla.


Crisol de banderas, la reunión era hispana en su totalidad. Ella, de nacionalidad universal, era conocida como "la argentina", aunque ya ni se acordaba del aroma estanco del Río de la Plata. Practicante de una libertad desbocada, no sentía ningún lugar como propio. "New York es ningún lugar", habría dicho alguna vez. Pero no todos ahí pensaban lo mismo. Hombres y mujeres que habían dejado historias y familias desgarrados de tristeza y habían empezado de nuevo en el norte, y con éxito, habían conseguido el bienestar que tanto buscaban. La mayoría de ellos ya tenían sus millones y, como todo rico nuevo, gustaba de demostrarlo de alguna manera. La comida era importante, y todos intentaron de que ella no pagara, lo que ella aceptó, pero de su amigo, el que ya tenía a una distancia y bajo control.


Buenos Aires es ningún lugar. New York es ningún lugar. El inglés y el castellano se batían en la cocktailera de los temas que se debatían en cada mesa. Una banda que nadie vio llegar empezó a tocar sus intrumentos en una melodía intrascendente y suave. Eddie, su amigo, se puso de pie.

"Señoras y señores (dijo en castellano), quisiera tomarme el atrevimiento de pedirle a nuestra amiga argentina que nos cante con su tan bonita voz alguna canción de su patria". El aplauso fue contundente. La mayoría ignoraba que esa belleza de mujer con aspecto de niña grande, además cantase. Ella se ruborizó, pero sabía lo que tenía que hacer. Su vida siempre fue hacer lo que debía hacer para conseguir lo que quería conseguir. Y ella estaba allí para llevarse muchos nuevos clientes para su local.

Solo llevaba en su mente aquella canción que su padre tanto adoraba, Los Boliches, de Zitarrosa. Pero don Alfredo era uruguayo, y se decidió por un tango que la banda pudiese acompañar. Su voz ronca vertida a borbotones desde su boquita y su mirada de niña perturbó al público masculino y confundió a más de alguna mujer. Su encanto era desvastador, irresistible. Su entonación, su fuerza expuesta desde tanta fragilidad aparente hizo que los comenzales estallaran en un aplauso de pie sobre las mesas. Ella con una sonrisa simple volvió a su mesa donde Eddie se derretía consumido por lo imposible.

La comida continuó y las mesas desentonaron sus murmullos perdiéndose todos en sus temas. Ella, mientras hablaba y vendía, y vendía, y seguía vendiendo su trabajo, pensaba en la inocencia de aquellos hombres que se emocionaban de escuchar a una mujer cantando (bien, cantando bien) una canción de su país. Ni saben que por su país ella hacia tiempo que ya no sentía nada.

La música intrascendente de la banda empezó otra canción nueva que ella no hubiese prestado atención si no hubiese sido porque en tres mesas alejadas a ella varios hombres se pusieron de pie, en silencio, erguidos, solemnes. "¿El himno?", pensó. "¿El himno de qué país...?"

Poco a poco, la mayoría de los presentes fueron poniéndose de pie, incluyendo a las mujeres que lo hicieron al final. Como Eddie también lo hizo, ella se paró.

"En mi viejo San Juan cuantos sueños forjé en mis noches de infancia...", cantaron todos con voces más y menos entonadas, con voces chillonas, graves, todos, los que estaban sentados se pararon y empezaron a cantar también. "...mi primera ilusión, y mis cuitas de amor, son recuerdos del alma...".

Mientras cantaban, y algunos dejaban caer lágrimas en sus caras firmes y sus cuerpos erguidos, Eddie se acercó a su oído: "esta canción, para todos los puertoriqueños que estamos lejos de nuestra patria, es un himno. Y siempre que alguien la canta... nos ponemos de pie".

"...una tarde me fui a esa extraña nación pues lo quiso el destino...". Ella vio que otros que no eran portoriqueños también cantaban de pie. Todos estaban sacando algo de dentro suyo. Todos extrañaban su tierra. Todos menos ella...

"...pero mi corazón se quedó frente al mar en mi viejo San Juan..."

...y lloró. En silencio, lloró. Dejó regar sus pómulos, que cualquiera creería de emoción, para recordar la tristeza que le daba el no sentir nada por su viejo país. El dolor que le causaba no poder borrar su odio y su rencor a ese pedazo de tierra tan al sur y tan al costado de su vida. Y tranformandolo todo, por ese ratito, amó Puerto Rico, y lloró ya sin consuelo, como nos hace llorar siempre el amor.

Al final de la comida todos debían levantarse de las mesas y pasarse las tarjetas unos a otros, clave fundamental de aquellos encuentros y que ella, por vez primera invitada, sabía que tendría en sus manos todo el salón atrapado para su local. Pero al terminar la canción, cuando todos volvieron a sus mesas, ella, con su cara deformada, sus mejillas rosadas, sus ojos hinchados, le sacudió el pelo a Eddie, su amigo, y odiando la atracción que generaba la música de sus tacos, y a la vista de todo el salón, se fue.


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