sábado, 19 de febrero de 2011

Yo la amé

De pronto la pantalla se puso oscura y enseguida empezaron a ascender los nombres de los actores. Con mis doce años no me podía mover de la butaca. Papá me habrá agarrado la mano, habré bajado las escaleras, no sé. Yo solo tenía en mi mente la carita de ella, su sonrisa apretada, sus pómulos redondos y sus rulos naranjas por toda la cabeza.


Una vez en casa, me fui al cuarto, me tiré en la cama, desconecté la realidad y puse su carita redonda en mi mente. Tenía que conocerla, tenía que llegar a ella. Me había enamorado absolutamente de Annie, la huerfanita, que ante tanta adversidad, siempre sonreía. Y tenía un perro. Yo jamás iba a tener un perro azarosamente tan bueno porque no andaba solo por la calle, y además en mi barrio no había perros abandonados, ni barriles de madera donde jugar a esconderse, ni bajadas de canaletas de hojalata donde agarrarme y girar en redondo bailando una canción que cantase yo mismo.
Sabía que lo más probable es que, siendo la actriz principal, no fuese huérfana ni pobre. Pero tal vez... tal vez estaría triste, le pasaría algo que no podría resolver. Bah, muy probablemente ella estaba necesitando, no sé, algo que yo podía darle. Mi vida..., bueno, toda la vida que mis padres me dejasen darle...

Dos o tres cosas hacían mi plan complicado. El viaje, por ejemplo. Nunca había salido de Buenos Aires, ni salía solo a ningún otro lado que no fuera el colegio o lo de mis primos, y esto implicaba un viaje en avión, conocer Estados Unidos para llegar, no a los estudios de cine, sino a su casa... Pero lo solucioné con un viaje que ella podía hacer para Buenos Aires. ¡De hecho en la pelicula mencionaban la ciudad! Era muy posible que quisiese venir a conocerla, y como ahora era rica... bueno, eso era en la vista, pero si actuaba seguro que viajaba y salía y hacía lo que se le cantaba la gana. Iba a venir, estaba seguro.

El problema que no podía resolver era de cruzarla cuando viniese a la Argentina. Porque una vez en Ezeiza... ¿cómo convencía a mis viejos de que me llevasen a donde ella estaba por si "acidentalmente" ella me viese entre una multitud abarrotada y me llamase. Porque sabía que eso iba a pasar así. Lo sabía. Pero era complicado, porque cada vez que llegaba (en mi mente) a la instancia en donde le decía a papá que me llevase a ver a Annie, la huérfana de la vista de cine que me llevó a ver, podía escuchar la risa de él, de mamá y de mis hermanos, dejando en evidencia, además, ese amor sagrado que acababa de germinar en mi alma, secreto hermético que podía jurar no le pasaba a nadie. Nadie podía querer más a una mujer que a su mamá. A mi me estaba pasando algo deforme en lo que a los sentimientos respecta, pero imparable. Con el tiempo se me hizo hábito el ir a tirarme en la cama para pensar en cómo sería aquel encuentro en Buenos Aires. Hubo hasta situaciones en que un accidente tras otro la traían ¡hasta la puerta de mi casa!

Nunca la conocí. Annie, que un día asumí que ese no era su nombre y que ni quería saber el verdadero, no vendría jamás a Buenos Aires. No le interesaba, sumida en un país donde vivían los chicos que se subían en bicicleta con un marciano que los levantaba por el cielo, por solo nombrar uno de tantos. Yo solo tenía mi buena caja de PlayMovils, un millón y medio de casettes que solo me gustaban a mí y a toda la generación de mis hermanos mayores, y mis sueños, que ocupaban casi la totalidad de mi cuarto, de mi casa y de mi mundo.

Nunca la conocí, pero durante mucho tiempo, durante muchos meses, no estuve tan solo. Ella, la actriz, nunca se enteró, pero durante mucho tiempo yo me fugaba con su personaje y me llenaba la vida con su mirada. Al final de cuentas hoy puedo decir con certeza que Annie, la huerfanita, sí vino a Buenos Aires. Y hasta vino accidentalmente hasta la puerta de mi casa.

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