sábado, 16 de julio de 2011

Cuarta historia: Tarde para volver a casa...

"Esta historia no me pasó a mí --me dijo--, pero le pasó a una persona a la que le conté estos cuentos, y aún sabiendo que no soy de inventar historias, no me creía. Un tipo que no cree en aparecidos ni almas en pena. Bueno..., no creía..."

***

A pedido, cambio los nombres. Preferiría omitirlos al no poder colocar los reales, pero este cuento lo amerita. Esto sucede en cualquier lugar del Norte argentino, que es, en definitiva, donde ocurrió esta historia. El protagonista, Santiago, no se llama Santiago.


Otra vez cayó la noche en el campo. Como muchas veces las tareas rurales se aletargan en esperas, en mirar cosas que tienen que desarrollarse con cierto orden y alguna precisión. La última labor ya se había llevado la luz y, si bien se veía algo todavía, al subir a la camioneta prendió las luces. Lo esperaba un largo camino hasta la ciudad, y con noche, por esos peligrosos caminos, el viaje sería de dos horas. Al día siguiente debería volver antes de que amanezca, y su cabeza se reclinó sobre el volante y suspiró. Dos golpes en la ventana de la puerta lo hicieron reincorporarse. Era Eduardo, el encargado. Abrió la ventana.
--Santiago, es una locura que te vayas, ¿no querés quedarte?

Muchas veces le habían ofrecido quedarse para no hacer el largo camino de regreso a la ciudad, pero él nunca aceptaba porque le resultaba muy provechoso organizar sus trabajos a la madrugada en su escritorio antes de salir a hacer la recorrida por los campos que asesoraba, pero esta vez el cansancio era grande, y la noche le había ganado la ruta. Miró a Eduardo, al bueno de Eduardo, con bosta hasta en la boina, con su cara redonda, su mirada despierta, siempre despierta...
--Tenés la casita del potrero, Santiago --tentó un poco más Eduardo al ver que, por primera vez, Santiago no insistía en irse--. Oíme, comés en casa, domrís en la casita, mañana terminamos temprano y a la tardecita andás por la ciudad...
--Sí, Eduardo. La verdad que te agradezco la invitación. Estoy muy cansado y es una locura largarme a la ruta así. Gracias.
--Vamos, ya le digo a Norma que agregue un plato. ¿Querés darte un baño?

Después de la comida en casa de Eduardo y de disfrutar la inusual compañía como hombre solo que era, sin ese "baño" para que no le cueste más el regreso, se subió a la camioneta y se fue a la casita del potrero. En el Norte los campos son grandes, y anduvo un rato hasta llegar a la casita. La construcción estaba en buen estado, aunque con ese aire solitario que perfuma la soledad en donde habita. Santiago dejó la camioneta a la vera de la entrada, cruzó la galería, entró y prendió una vela que le había dado Eduardo. El lugar era muy agradable. Si bien estaba sin uso, la casa algún cuidado tendría, porque estaba para tirarse a dormir. Vestido, se recostó en la cama y apagó la vela.

De golpe, un sonido lo sobresaltó. Algún bicho estaba en la ventana y hacía un ruido muy molesto. Pero era raro, porque el ruido era como un rasguño sobre la madera, y no se le ocurría, siendo un hombre de campo, qué animal podría ser tan chico como para descansar sobre el antepecho de la ventana, y al mismo tiempo raspar tan fuerte... No podía dormirse porque el ruido era tan fuerte que daba la sensación de que en algún momento el animal lograría romper la ventana, y él no sabía con qué podía toparse. Prendió la vela y, al levantarse para ir hacia la ventana, el ruido cesó. Se acercó a la ventana, pero nada. El bicho se habría asustado con la vela, así que volvió a acostarse, apagó la vela y, de inmediato, el ruido continuó.

Santiago, para sorprender al animal,  levantándose y yendo a la ventana, prendió la vela casi llegando sobre ella, pero el ruido se detuvo de inmediato y no vio nada. Esta vez Santiago había podido escuchar claramente el sonido fuerte del rasguño, y no escuchó al animal saltar ni irse. Revisó el marco de la ventana para ver si había algún hueco donde pudiese esconderse algún roedor, pero se había dado cuenta de que había algo que no cuadraba.

Ya no tan despreocupado prefirió dormir en la otra habitación. No tenía ganas de darse cuenta de que algo en ese ruido no estaba bien, y sí tenía ganas de que termine esa noche en aquella casita. Entró a la habitación contigua  se recostó en la cama y apagó la vela. Una vez que se acomodó en la cama para descansar, empezó a sentir una vibración en la cama. Se alarmó, porque trató de detectar el rasguño de la ventana, de ver si esa vibración... pero no tuvo mucho tiempo para pensar, la cama empezó a moverse como si estuviese en medio de un terremoto. Sentía que la cama cabalgaba sobre el mismo lugar haciendo sonar sus patas una tras otra sobre el piso y de manera rítmica hasta que dejó de escuchar los golpes de la cama, pero se seguía moviendo. La cama parecía estar flotando sobre olas en el aire. Un segundo antes de reaccionar, paralizado del miedo, Santiago sintió que un ardor le carbonizaba la cintura.

Sin pensar en nada, pegó un salto de la cama, salió de la casita, corrió hasta la camioneta, se subió y, sin mirar pozos ni zanjas, cruzó los dos potreros inmensos hasta llegar al casco principal, donde dormía el patrón. Recién ahí detuvo la camioneta. Apagó el motor y miró para todos lados. La noche era clara, de luna, y el campo descansaba apacible vestido de violeta. No se animó a despertar a los dueños del campo, porque era inexplicable que el asesor, hombre de campo, les dijera temblando como estaba, que su cama se había levantado del piso, y que tenía miedo. Pero tampoco se animaba a moverse de ahí.

A la mañana dos golpes en la ventana lo despertaron de un salto. El patrón, sonriente, lo miraba incrédulo.
--Discúlpeme --empezó Santiago-- que haya pasado la noche acá, pero anoche me pasó algo muy raro.
--Y ¿por qué no nos avisó? ¿Cuatreros?
--No, no. En la casita del potrero. Anoche me quedé a dormir ahí porque se me hizo tarde...
--Ah, en la casita... Sí --dijo el patrón ya sin querer escuchar el cuento--, sí... Ahí pasan cosas. Lástima que no me avisó y lo hacíamos dormir acá. En esa casa pasan cosas..., sí...

Santiago lo miró sin saber qué responder. Por un lado sentía que debían haberle prevenido de ello, pero por otro lado, sabía que él jamás habría creído que en la casita pasaban cosas. Sintió rabia, pero rabia de él mismo. Rabia de saber que, avisado o no, el no podría haber evitado aquella noche aterradora en la casita.

--¿Sabe? En esa casita murió gente. Mucha gente. Fue la cárcel del lugar... --le contaba el patrón mientras la hacienda se empezó a hacer escuchar en la manga. La mañana hacia rato que ya había empezado.


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