martes, 16 de agosto de 2011

A veces...

A veces empujo una ventana, dos hojas de vidrio partido que se alejan ligeras de mis manos y dos cortinas de liencillo crudo parecen aprovechar el descuido a las apuradas y tratan de escapar volando, como el pelo de una mujer en la playa, y una ola de aire tibio rompe contra mi en un abrazo de mucho tiempo sin vernos. Los aromas se descontrolan como si Dios volviese en un rato, y vienen de cualquier lugar gatillando mis recuerdos como fuegos artificiales. La luz está contenta y sonríe, quema, blanquea cualquier cosa humillando a verdes y azules que no pueden a tanta fuerza. Sonrío.

A veces sonrío, y entonces el adentro, el lado mudo de la ventana se calienta, y poderosas bandadas de pájaros aparecen como estrellas negras en tanta mañana. Estrellas negras en mucha luz, distintas a sus hermanas blancas en muda noche. Estrellas que cantan, que se mueven rápidas y que, interpretando un otoño raro, empiezan a caer como hojas libradas al viento hasta llegar a un árbol, a un parque, o cerca de mi ventana. Y me río.

A veces me río, me río porque sé de dónde viene tanta dicha, de qué lugares, recuerdo cada rincón, cada océano, cada jardín reseco de pastos amarillos... Puedo recordar el nombre de cada aroma, de cada resplandor, de cada corriente helada que me obliga a abrigar mi pecho con mi robe de chambre azul de cuadros. Y en ese instante es noche, mi balcón está frío, y las luces de la calle se alejan desparejas y onduladas vestidas de copas de árboles y calzadas de brillos de alquitrán. Y se empieza a borrar la visión, cae la bruma, y hace más frío... y nunca quiero cerrar, nunca quiero cerrar... Ahora entiendo por qué nunca quería cerrar. Tal vez antes fue premonitorio, pero ya hace mucho frío, y cierro. Y todo se vuelve a cada lugar de donde había venido.

A veces lloro.






-

1 comentario: