lunes, 5 de septiembre de 2011

Días sin gusto a nada

Elidióstenes disfrutaba de su mate en la galería de su casita en Bernal. Era otro día raro, uno de esos días sin gusto a nada que sobrellevaba de buena manera con un libro de Juan Forn, cuando notó el comienzo del silencio.


Había sonidos aún, los de costumbre, árboles lejanos batiéndose, autos de la calle, un tren de fondo, pero todos empezaron a debilitarse. Se iba bajando suavemente el volumen del mundo. La casa empezó a transpirar unos raros grumos que se amontonaban como pelotas que luego volvían a deshacerse frente a sus ojos. Las paredes se iban desintegrando y el pasto de pronto largó un fuerte aroma húmedo e intenso que, al mismo tiempo, se alejaba.

No había viento pero los grumos de las paredes, y ahora del pasto, flotaban. El pasto ya eran pelotas verdes levitando en cualquier dirección hasta que Elidióstenes se dio cuenta de que no había piso abajo suyo. La casa ya era prácticamente una masa de grumos alejándose en diferentes rumbos al punto de que algunos pasaban frente a sus ojos. Notó que, aunque no había piso debajo de él, no flotaba. Simplemente estaba. Todavía estaba, porque empezó a ver cómo su pie empezaba a deshacerse en unos grumos redondos que se alejaban llevados por una nada hacia ninguna parte.

A su alrededor todo se estaba volviendo pelotas, y las pelotas se deshacían en pelotas más chicas, y estas en otras más chicas, hasta que lo rodeó una nube colorida y sin definición que lo empezó a asustar. Sus piernas ya no estaban y recién ahí se le ocurrió pensar en qué pasaría cuando se deshiciera totalmente, porque en absoluto sentía ningún dolor ni nada fuera de lo común. Cuando ya se preocupó en qué hacer, en un segundo todo volvió a su lugar, corporizando su mundo nuevamente tal como estaba.

Miró sus pies, estaban perfectos. Miró los árboles, la casa, todo estaba perfectamente igual. Vió un pájaro medio raro, pero en un segundo algo lo dio vuelta y ahi lo vio bien. Estaba normal. ¿Qué había sido todo eso? El sonido, todo lo que lo rodeaba estaba igual que siempre. ¿Qué había pasado?

Entonces vio que una estrella aparecía en el cielo en plena tarde y él entendió que la estrella lanzaba una luz hasta el patio de su casa. Se levantó y, en efecto, entendía que ahí había un haz de luz dibujando algo. Miró lo que hacía la luz y entendió que estaba escribiendo. Escribía palabras legibles, ¡él las podía entender! Giró y se acomodó para poder leer bien las palabras. M, e, d... iba leyendo letra por letra hasta que la luz terminó y dejó una frase. "Perdón, me distraje", leyó. La luz desapareció y la estrella se fue.

Elidióstenes nunca supo qué fue todo eso, pero de ahí en más, en esos días raros, en esos días sin gusto a nada, no se aguanta la tensión, y en algún momento se para y grita "¡EY!", y vuelve a sentarse.

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