domingo, 11 de diciembre de 2011

Sobre un cajón de verdura

!Tocaba tan bien! Lo venía escuchando desde hacía un rato. En la peatonal Florida de Buenos Aires es muy difícil ver nada más que unas cabezas a lo lejos, y ese acordeón se escuchaba tan alegre... La música me hacía mirar para arriba, como si fuese a encontrar al artista flotando en el aire, y ya llevaba tres pechazos y una patada a un bolso pesado. Pasé un quiosco de revistas, crucé una calle, caminé, caminé, pero la música empezaba a alejarse.


Me detuve. Nadie para en Florida, pero me detuve. ¿Qué hacía? ¿Vovía a buscar al acordeonista o seguía? Me gustaba su melodía, no porque sonase bien ya que tenía errores, pero era una musiquita alegre, y quería ver la cara de ese viejo, la barba larga, la sonrisa amplia... Necesitaba ver a alguien contento de hacer algo simple, como tocar el acordeón. Decidí volver y buscarlo.

Florida estaba a pleno. Es una calle imposible, y empecé a buscar por los zócalos de las vidrieras. ¡En algún lugar tiene que estar! Crucé a la numeración impar, y apenas me acerqué, lo vi. Tocaba sin mucha preocupación, casi que no le importaba nada lo que tocaba. Sentado en un cajón de verdura miraba unos molinetes de colores que colgaban del quiosco de revistas. Después miraba a la estatua viviente de blanco que estaba estática, como yo, pero sin mi expresión de sorpresa. Sus pantaloncitos deshilachados, su remerita de color indefinido, su pelo rubio revuelto y corto, sus ojitos celestes fotografiando un mundo lleno de sorpresas, sus deditos abandonados en la tarea, su gorrito con tres monedas... solo tres monedas, pero a él no le importaba, y tocaba, y miraba...

Busqué en el bolsillo y saqué una moneda de un peso, pero no me miraba. Saqué dos más y las tiré en el gorrito. Me miró un segundo, "gracias", dijo, y volvió sus focos azules a dos chiquitas elegantes que pasaban de la mano de su mamá.

No tenía barba, ni era viejo. Tampoco estaba alegre tocando el acordeón. Pero me fui contento sabiendo que, a pesar de la crudeza de su infancia, no había perdido, aún, su encantadora capacidad de sorprenderse.

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