domingo, 4 de marzo de 2012

Ayelén

Son dos los cuentos. En uno yo venía trotando por Libertador, por la plaza que da a ATC por la mano de Figueroa Alcorta, cuando paso a una chiquita sentada en un bordecito de pasto que me dice "señor...". Yo la miro y quiero seguir, pero el tema de los chiquitos no lo manejo bien, y medio paré. Estaba sola en la plaza y tendría seis años, tal vez ocho. Cuando me vio trotar más lento volvió a hablarme.
--Señor, ¿puede llamar a la policía?


Listo. El día que alguien quiera matarme, lo puede hacer fácilmente usando un chiquitín de diez años para abajo. "Veamos cómo es esta nueva modalidad de asalto", pensé resignado mientras paraba y volvía hacia ella que, entonces, se levantó y se quedó de pie al lado de un poste corto de electricidad.

--¿Qué te pasó? -le pregunté.
--Puede llamar a la policía para que papá no le pegue más a mamá?

Miré alrededor, pero no había nadie salvo los supuestos padres que señalaba con el dedo a más de diez metros de distancia y acostados para dormir. La volví a mirar. Ella jugaba con su pie sobre el borde de tierra entre el pasto y la vereda. Volví a mirar esperando que lleguen los ladrones corriendo. Pero nadie vino.

--¿Dónde están?
--Allá -y señaló a la pareja que yo veía-, pero no son esos, están allá -e hizo el gesto de que estaban atrás de esa pareja.

La volví a mirar.
--¿No tiene teléfono?
--No, cuando corro no lo traigo.
--Ah...

Miró al piso e imaginé lo que su cara decía: "pucha, el único que para y no tiene teléfono". Jugaba con su pie y miraba por la vereda a ver si venía alguien más. Yo empecé a sentir una angustia muy grande. Volví a buscar a los ladrones. Era como que deseaba que me roben y que esta historia sea mentira. Pero no, no era mentira, y ahora éramos dos chiquitos con el mismo problema. Si yo iba hasta donde estaban los padres, dirían que no pasaba nada y la fajarían a la chiquitina. Pero ya no me podía ir. Traté de parar a un tipo que venía hablando por teléfono en bicicleta, medio le expliqué mientras pasó haciéndome "no" con los dedos. Lógico, yo habría hecho lo mismo. Pasó otro en bicicleta que bajó la velocidad, pero también ni terminó de oír la historia y siguió.

Y la volví a mirar. Pero esta vez la miré bien. Esta chica de seis años estaba sola en el mundo. Su madre nunca iba a dejar al tipo que, aunque le pegara, era su única protección en la vida de la calle, de las veredas, de las plazas iluminadas. Ella estaba a treinta metros de su "familia", harta de ver llorar a la madre, cansada de ver los golpes, la tristeza, el mundo de dolor y de hambre, de privaciones, de incertidumbre. "¿Dónde está Dios? ¿Dónde?". Es una pregunta que hace tiempo no tiene una respuesta para mí. Esta chica todavía creía en la policía, pensé. Y vi pasar a una pareja a la que conseguí que me escucharan. Tampoco tenían teléfono, pero pensando qué hacer, la mujer dijo que en el ACA había dos policías comiendo en el bar.

--Ya vengo -le dije a la chiquita, y me fui para allá.

Después de hablar con ellos y de que me dijeran que ubicaban a esos chicos, que pasaba a menudo, y que ya mandarían a un patrullero, volví y la encontré sentadita en el mismo lugar, al borde del pasto al lado de un poste corto de electricidad.

--Bueno... ¿cómo es tu nombre? -le pregunté.
Ella me miró fijo, como decodificando mis ojos. 1..., 2..., 3..., pasaban los segundos y seguía mirándome fijo, y me di cuenta de que debía de tener prohibido decir su nombre a extraños. Y pensé que, a pesar de todo, esa madre la amaba. Estaría deshecha, confundida, nerviosa, con miedo, pero la amaba, y le había enseñado bien cómo es la vida en la calle. Bajó la mirada y la volvió a subir.
--Ayelén.
--Bueno, Ayelén, ya hablé con la policía y ahora viene para acá. Así que quedate acá para que...
--Yo no me voy a quedar acá.
--Ayelén, si no te quedás acá, no van a poder encontrar a tus padres.
--Ah, sí, sí. Me voy a quedar acá.
--Así que cuando vengan deciles dónde estan...
--Pero yo no voy a hablar con ellos.
--Ayelén, pero si no hablás con ellos no van a poder encontrar a tus papás.
--Bueno, sí. Les digo dónde están, pero después me voy para allá -y señaló la otra plaza.
--Sí, vos deciles dónde están y te vas.
--Pero ellos van a querer llevarme con ellos.
--¿Con tus papás?
--Claro.

Y tenía razón. En ese momento me di cuenta de que podían ser un par de policías pelotudos y que la lleven con los padres para que después la maten a palos. No, no podía ser así. No creo que vengan policías pelotudos. Ellos conocen la calle mejor que la gente misma de la calle. Y esta chiquita... de voz ronca, de mirada verde... Me habría cortado un brazo para que todo sea diferente.

--No, Ayelén, no creo que te lleven. Pero si te quieren llevar, entonces corré. Corré para allá.
--Yo no voy a correr -dijo mirando para abajo, y sentí que estaba pidiendo que alguien, alguien grande, haga lo que la vida le estaba obligando a ella que haga.

¿Dónde corno está Dios?

--Sí..., no tenés que correr. No hiciste nada malo... Pero quedate cuando vengan los policías, porque sino no va a servir de nada, Ayelén.

Ella no tenía que vivir todo esto. No tenía que estar tomando estas decisiones. Ella no tenía que estar sola en esa plaza. Ella no tenía que parar a un extraño para ayudar a su madre de las trompadas de su padre. El mundo está todo mal. Ni siquiera tenía tristeza en la cara, pero era porque estaba yo. Lo supe porque cuando volí del ACA, ella miraba con su cabecita, sentadita en el borde del pasto, agarrando sus rodillitas con sus brazos, sin una muñeca con la que durmiese, sin la sabanita, sin nada, sola en la calle, pidiendo ayuda, sin una sola lágrima en sus ojos, mirándome desde lejos para ver si seguía sentada o se tenía que preparar para escapar.

--Decime dónde están tus padres.
--Yo les voy a decir así... -dijo, y se trepó a la columna corta de electricidad, y le costó. La estuve por ayudar, pero otra vez temí agarrarla y que los padres me acusaran de algo. Qué sola está esta chica, que hasta ese reparo puedo llegar a tener. No logró treparse y se bajó mirándome. Se había dado cuenta de que me estaba por ir. Y yo, me estaba por ir.
--Bueno, Ayelén. Cuando llegue la policía deciles dónde están tus papás.
Ella miró para abajo.
--Mucha suerte, Ayelén -le dije, di media vuelta lo más rápido que pude para no mirarla, pero la vi. Fue un flash. Una foto que se me quedó pintada en los ojos, de ella sentándose de nuevo, como una penélope, como una más de las estatuas de la plaza, indiferentes a todos, inexistentes, solas en esa nada iluminada.

Enseguida empecé a trotar para alejarme y no tentarme a dar vuelta la mirada. Sabía que de lo contrario no me iba a ir más. Y miré para arriba, y volví a preguntarle una vez más, ¿dónde estás? Y me fui.




El otro cuento es cuando llegué al ACA a buscar a los policías. Entré al barcito y los vi. Estaban debatiendo el mundo sobre dos bandejitas con cafés. Me acerqué y me disculpé por interrumpirlos, y les conté de la chiquita de la plaza.
--¿Y vos dónde estabas? -me preguntó el más joven.
--Yo estaba trotando en la plaza.
--¿De dónde sos?
--De Retiro.
--¿De Retiro??? -me preguntó impresionado y lo miró a su compañero. Yo temí estar involucrándome en algo que no era necesario, y empecé a pensar en mi retirada cuando volvió a hablar.
--¿Venís corriendo desde Retiro? -el poli no lo podía creer, y me agrandé un poco.
--Sip, corro una hora. Cuarenta y uno y corro una hora -dije presumiendo la buena salud que, ahora sí, recordaba dónde estaba Dios y haciendo qué milagros.
--¿Cuarenta y un años tenés? -y volvió a mirar al compañero.
--Yo tengo cuarenta. Estoy hecho mierda -dijo mirando su bandejita que hacía tope con la costura tensa de su saco, que era como un planetario escala 1:50.
Me impresionó que el vejete tuviese un año menos que yo. Yo le hubiese dado cincuenta y dos, y lo hubiese tratado de usted solo por el maltrato de su vida expuesta en una vejez temprana.
--Yo tengo 34, estoy en el horno -dijo el regordete de ojos claros y cara de asombro, nacida instantáneamente después de que dije que era de Retiro. Temí que la escena humillante jugase en mi contra y me demorasen con cualquier excusa, así que bajé el pecho y expliqué.
--Yo tengo que correr porque soy dibujante, y sino me la paso sentado todo el día. Eso es la muerte.
--Ojo, yo si tengo que correr, corro -dijo el de panza de domo.

En un momento en que hablaron entre ellos, los miré. Y la verdad que yo estaba en mejores condiciones que el mocoso de 34. Pasé mi mano por esta pancita mía que tanto quiero, y sonreí. Podemos seguir juntos un tiempo más, pensé. No es para tanto.

Nos volvimos a mirar los tres. Yo no podía reducir mi sonrisa furiosa, casi carcajada muda, y ellos no podían hablar de otra cosa que de la venganza del tiempo, y de si no sería por el calendario maya que estaban así.
--Bueno, ¿entonces llaman al patrullero? -les pregunté ya alejándome un poco.
--Sí, sí. Nosotros somos de acá, pero ahora llamamos y van para allá. Gracias por dar aviso -terminó de decir el jovencito, giró, bajó las cejas, cerró la boca y volvió a hablar con el que aparentaba tener libreta de enrolamiento. Y yo salí bajo las puertitas que se abren solas del bar, y la calle me pegó con una ventolera caliente. Pero igual me reí. Me reí mudo, me reí en silencio. Y después me reí en voz alta. Y mucho.



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