sábado, 27 de octubre de 2012

El rito del repiqueteo

Repiqueteaba los dedos sobre la fórmica de la mesa. Un tango..., no, una canción de Calamaro. Era lo mismo, era la percusión de la danza inmóvil de la soledad. La brisa novata de primavera soplaba niña y suave sobre la piel quemada por un sol que aquella tarde sorprendió a todos. Pero no servía. No habrían servido cien odaliscas tomando el té, no habría servido un estadio lleno coreando su nombre porque la soledad es una elección y él la había elegido. No sabía salir de ella, y practicaba la danza de los dedos en la fórmica. Elegir algo que uno no quiere... es absurdo, pensó, pero ahí estaba. La música se había apagado, y hasta era mejor. ¿Para qué simular que alguien está cantando? Nadie canta, solo el repiqueteo era real.