sábado, 27 de octubre de 2012

El rito del repiqueteo

Repiqueteaba los dedos sobre la fórmica de la mesa. Un tango..., no, una canción de Calamaro. Era lo mismo, era la percusión de la danza inmóvil de la soledad. La brisa novata de primavera soplaba niña y suave sobre la piel quemada por un sol que aquella tarde sorprendió a todos. Pero no servía. No habrían servido cien odaliscas tomando el té, no habría servido un estadio lleno coreando su nombre porque la soledad es una elección y él la había elegido. No sabía salir de ella, y practicaba la danza de los dedos en la fórmica. Elegir algo que uno no quiere... es absurdo, pensó, pero ahí estaba. La música se había apagado, y hasta era mejor. ¿Para qué simular que alguien está cantando? Nadie canta, solo el repiqueteo era real.

La brisa insistía y ahora con aromas de primavera, como si trajese el pedido de alguien para que lo intente, pero ¿es una elección la soledad? ¿Por qué no podía salir de ella, dejarla? Era "la puerta de al lado", de Calamaro, y el repiqueteo era muy preciso. Muy preciso. Y ni se dio cuenta que ya estaba concentrado en agregar más tonos a la reproducción ritual. Y empezó a tararearla en la mente, buscó la letra y la encontró en una noche pasada, con cervezas y una mujer. "Dejar que pase el tiempo con la mirada errante sin ninguna dirección, un libro siempre abierto...". La música apareció, la cocina se oscureció. Un reflejo nuevo, brilloso, celeste, un reflejo celeste sobre una barra, el barman camina en una penumbra donde apenas se puede adivinarlo. Una mujer lo acompaña. Otra mujer camina más lejos, dos mujeres en una mesa, la mujer de él también está en penumbra, como todo el lugar. Él está con un suéter en los hombros, pero no tiene calor, es un recuerdo invernal, y no le importa. Sonríe. Le sonría a ella, ella sonríe y él aprieta su mano que esquiva ambos vasos de cerveza fría. "Hay alguien ahí afuera, hablando en el pasillo como burlándose de mí...".

"¿Vamos?", le dice él. "Vamos", dijo ella. Y se levantó en la cocina iluminada, buscó las llaves, apagó las luces y salió.

El rito del repiqueteo de la danza inmóvil de la soledad, o termina así, o no termina nunca.




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