domingo, 2 de diciembre de 2012

Je veux seulement oublier, et puis je fume

Las imágenes se juntaban como bichos en el parabrisas. No eran elegantes ni prolijamente seleccionadas. Todas estaban reventadas frente a sus ojos. Otro trago. El fernet lo sedaba un poco. Le sacaba ese pellizco tenue pero constante que llevaba como un prendedor en el pecho. El tren..., pasaba el tren haciendo estelas en el silencio, círculos concéntricos que llegaban repetidos hasta donde él... tomaba su fernet. O "sus" fernet. ¿Cuántos habría tomado ya? No le gustaba mucho el fernet, solo lo tomaba. Se había acostumbrado a no elegir tanto. Otro fernet. La soledad de irse de su grupo de identidad, de ese sitio en donde había nacido lo llevaba a eso, a cada tanto ahogar el pellizco con vasos de fernet. No era algo cruel, el pellizco nunca moría, pero él volvía a recordar cuando vivía sin él, y de paso le enviaba ese mensaje: No me gusta que estemos juntos. Había dejado de escribir así, empujado por el fernet, pero esa noche las cosas parecían valer todas lo mismo. El blog que había creado para sus desbordes literarios... no, no había nacido para lo organizado. Le pintaba desbordar en donde esté, y así lo hacía, y recordó que tiempo atrás escribía en donde encontraba un hueco, y decidió hacer lo mismo. Y lo hizo. Bah, lo hacía mientras tomaba fernet. Miento si digo que tomaba Fernet, tomaba Vittone que era bastante más barato, en todo sentido. Tomaba eso. Lo importante era la aspereza del anís con el alcohol en la garganta. Lo demás eran snobismos del paladar, detalles menores para tener tema en algún asado. A veces necesitaba la aspereza de la garganta como excusa valedera para no contar tanto, para no decir todo. "Tengo áspera la garganta, por eso no cuento todo", era la frase de su redención, y seguía con ese fernet, ese Vittone barato, esa Coca de unos días, ya sin mucho gas... Esta vez no le importó el verano. La plata en su vida era un accidente, algo casual, digno de contar al de al lado. "Sabés que cobré unos mangos...". No le importó que la lógica clásica le advirtiera que ese verano tenía pinta de pocas sorpresas monetarias. No le importó el tren rompiendo el espejo de paz. No le importó nada excepto el fernet, el Vittone, y su blog lánguido y moribundo. Sus creaciones agotadas, escuálidas... No le importó el gobierno, el futuro, los motivos, su religión adormecida, sus fantasmas con las serenatas del ayer y sus canciones olvidadas en un cajón entre corpiños y soquetes. Solo el Vittone. Y sus blogs moribundos. "Si mueren mis blogs... ¿moriré finalmente yo?". La respuesta la tenía el Vittone, y se estaba terminando. La respuesta la tenía el Vittone nomás. No importaba que se terminara, había más en el súper, y muy barato, con su anís de Givaudan y su etiqueta amarilla. Pero la pregunta insistía, "¿moriré finalmente yo si se apagan los posteos, si se vacían las botellas... si finalmente accedo a recibir como pareja al pellizco de mi pecho?". El Vittone contestó: "Dejá de hablar boludeces". No supo bien cómo lo dijo, si fue una voz, o un susurro cosido entre los sonidos de las hojas de los árboles y los neumáticos de las calles, o si fue un ouija improvisado por goterones pegajosos en su etiqueta ordinaria, o si se sentó fumando y le habló. Pero lo dijo. Aquella botella tenía la respuesta, y él la terminó de aniquilar de un trago segundos después. El mensajero siempre debe morir.




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