domingo, 27 de enero de 2013

El eje de la Creación


El cielo se iluminó, las nubes enarbolaron muros de colores ocres y amarillos, sonaron las trompetas de los ángeles que formaban en larguísimas filas y el resto del mundo angélico se reunió en gradas infinitas entre el canto intenso de los coros de los querubines que aún no se veían, tronó el tiempo, tronó la luz, y entró Dios.

Los querubines que lo rodeaban se apartaron un poco y su canto se volvió lo único audible. La majestuosa y monumental presencia inmensa de Dios se ubicó en un sitio y habló. Los querubines callaron y solo retumbó eternamente el eco de cada una de sus palabras.

Dios les contó que los había reunido para explicarles el plan que tenía para La Creación, de la que los ángeles formaban parte, y desplegó sus manos, y miró un punto fijo en la nada, e hinchó su pecho, y tensó sus manos, y un poco se encorvó hasta que al final, con una leve sonrisa, una esfera se recreó frente a todo el público celeste. “Esta es la tierra”, les dijo, y les mostró las maravillas de cada detalle que había pensado. Les mostró desde los grandes montes formados por placas terrestres hasta la formación de insectos diminutos y ciegos en las cuevas oceánicas. Les mostró los frutos de árboles que eran también fruto de una semilla, y les mostró el fuego, y les mostró el agua, y los asombró mostrándoles lo cerca que convivían ambos elementos. Les mostró la noche, el sol, galaxias, les mostró la energía, y les mostró la célula, la primera.

Los ángeles no salían del asombro. Satisfecho Dios continuó y les mostró la lucha de la célula por la supervivencia y el desarrollo de la misma, y les mostró cómo esa célula se nutría del mismo mundo para desarrollarse, y como mutaba, y cómo crecía, y cómo volvía a mutar, y cómo se esforzaba. Les mostró su primer forma animal, y después otra, y siguió mostrando la diversificación de aquellas bestias frías y escamosas, jabonosas y primitivas. Les mostró a las osadas criaturas que desafiaron sus propios sistemas y cómo el mundo de la vida se repartía el planeta en tres divisiones, y les mostró entre las plantas bosques gigantescos y frondosos, y los sumergió en el mar para exhibir enormes cuerpos de carne blanca nadar como pequeños continentes móviles reyes de las profundidades, y les mostró el cielo salpicado de grandes aves, y les mostró en la tierra la comunidad de las bestias.

Los ángeles estaban admirados de tanta perfección. Dios les mostró que entre las bestias terrestres, una se destacaba de las demás, y la siguió hasta que caminó en dos patas, hasta que creó herramientas, y hasta que… hasta que Dios sopló sobre ella y recibió un alma. El infinito público de ángeles enmudeció. El alma era soplo de Dios, o sea, la misma esencia de los ángeles. Las incomodidades no fueron pocas, pero nadie emitió sonido. Por dentro estaba la duda de por qué Dios encerraba a un ángel dentro de ese grotesco ser.

Ahí se detuvo la muestra, y Dios los miró. La atención era absoluta. Entonces Dios les dijo que él bajaría al mundo que estaba creando. Y no solo eso, sino que Él mismo se haría hombre, y moviendo con mucho amor sus manos hacia arriba les mostró a Jesús, al Cristo que sería Él mismo, Dios y hombre al mismo tiempo, y les explicó que Él no habitaría un cuerpo humano, sino que Él se “haría” humano.

Lucifer, el arcángel predilecto de Dios, el más fuerte e inteligente de todos, el ángel de la luz no soportó y rompió el silencio. Hacía rato que él como muchos otros ángeles estaban aguantando la carcajada sarcástica y burlona viendo a los patéticos muñequitos de carne darse torpes golpes repetidas veces sin corregir jamás su lamentable comportamiento y que Dios se haga hombre los hizo entrar en un conflicto irresoluto: ¿cómo puede ser el hombre inferior a los ángeles si Dios se “hace” hombre?

“No puedo permitir que nuestro Dios se rebaje a ser uno de estos miserables seres”, dijo el luminoso arcángel, pero Dios le dijo que ese era el plan que tenía, y que viviría como ellos. El malestar entre la gran mayoría de los ángeles se hizo audible y Lucifer le hizo la pregunta sin respuesta, la incógnita que separaba ambos mundos, el del Cielo de la tierra:¿cómo se haría hombre, ya que si Dios descendiera quebraría las reglas humanas, dado que ellos se recreaban dentro de su propio cuerpo y con cosas propias de la tierra? Entonces Dios sonrió, volvió a sonreír. Y como un niño que esconde un fascinante juguete inesperado batió sus manos suavemente imitando el aleteo delicado de una paloma y una nebulosa comenzó a tomar forma delante de todos los espectadores. “Voy a insuflarme, voy a ser Mi propio soplo en el útero de una mujer y nutriré mi cuerpo como ellos”, y en el momento en que terminó de responder la figura de una mujer se conformó de aquella nube. “Les presento a María, mi madre”.

La furia fue inmediata. Si Dios se hacía hombre estos estarían por encima de los ángeles en la jerarquía de importancia de la Creación, y esos seres repugnantes e infieles no podían tener esa condición. Los ángeles, creaturas perfectas, ahora tendrían que servir a esos seres estúpidos porque sí, porque a Dios se le ocurrió eso. Era inadmisible, millones y millones y millones de billones de ángeles saltaron ardiendo de la rabia, el estruendo de un grito único y sordo, monocorde y largo partió el firmamento y una oleada de vidas creció como un tsunami desbocado alzándose contra… contra Dios.

Eran incontables, parecía que el piso de todo el cielo se hubiera puesto de pie. Los ángeles que no discutieron la decisión rodearon leales a Dios, y una irrisoria tropa salió detrás del arcángel Miguel para enfrentar al arcángel rebelde. La desproporción de las fuerzas envalentonó aún más a las tropas furiosas y salieron como una imparable onda expansiva para arrasar con el grupejo de ángeles sumisos. En el instante en que se desbocaron las fuerzas, la nada, el no tiempo encontró al inmenso Lucifer elevado y altivo, oscuro de rabia levitando sobre océanos de ángeles y a Miguel subiendo a su encuentro. Ese enfrentamiento, ese gesto de coraje de Miguel, ese acto de infinita confianza en el poder de Dios fue tan hermoso que el eco conceptual de aquel momento se repitió infinitas veces en la historia de los hombres, incluso al profeta David lo hizo aparecer de esa manera frente a un Goliat imbatible.

Los dos arcángeles se enfrentaron y, cuando Lucifer lo estaba por deshacer de un soplo Miguel concretó la definición de su propio nombre y, siendo inteligencias perfectas, le hizo la pregunta que Lucifer jamás podría responder: “¿Quién como Dios?”

No hubo batalla, no alcanzó a haber enfrentamiento porque la pregunta ya estaba planteada antes, la pregunta estaba planteada “cuando Dios”, y entonces nada se podía hacer ya. Esa decisión en inteligencias perfectas, la decisión de “no Dios”, ya estaba tomada así que ellos mismos, solos, se retiraron al único lugar que ellos entendían tenían permitido por Dios, y que era el de estar debajo de los hombres. Y aquellas millonadas de ángeles enojados se sumergieron en malón dentro de la tierra. Mientras caían en la pequeña pelota de polvo tronó la voz de Dios: “Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tú herirás su talón”.

En aquel sitio oscuro, iluminado apenas por la incandescencia de la abundante lava interna y entre el dolor de aquellos espíritus que gemían su desconsuelo por haber perdido según ellos la antigua jerarquía cerca de Dios, el aún más furioso y poderoso arcángel de la luz miró hacia arriba y disparó en un grito eruptivo de lava y azufre que, como nadie puede contra Dios juraba vengarse de aquella criatura miserable, causa de su destrono, aquella criatura chiquita y débil a la que Dios había llamado “María, su madre”.

Pasaron siglos, muchos siglos, y más siglos hasta encontrarla. No fue uno de sus ángeles enloquecidos de furia, sino que fue la furia misma, él mismo, el arcángel de la luz el que la encontró. Tenía la imagen de ella tan grabada en su mente que su pupila había tomado el contorno de ella, y solo tenía sus ojos ahí, donde aquella silueta cupiese. Fue una mañana, una mañana cualquiera, a nadie le importaba en realidad cuándo ni dónde fue, lo que sí es que salieron todos los ángeles rebeldes al escuchar el estertor gutural con el que el ahora Satanás reía y reía sabiendo que iba a poder demostrarle a Dios lo débil y efímero de su plan. “Demostrarle a Dios que se equivocó me volverá Dios”, se dijo, y salió él y las millares de tropas de espíritus enojados hacia donde la mujer, que caminaba a la vera de un arroyo.

Fue una masacre, los espíritus la atravesaron una y otra vez, miles, millones de ellos. “¡Entren por su entrepierna y atraviesen su útero, profanen y ultrajen el reservorio donde Dios piensa que va a habitar!”, gritaba el malogrado arcángel ya que ellos tenían vedado el tocar Su Divinidad en cualquiera de sus formas. Pasaron los días, pasaron los meses, entraban de a cientos de espíritus desbocados por aquel sitio hasta que vieron a la mujer derrumbada. “Si el plan de Dios era simple, más simple fue aún su destrucción” dijo a sus aliados todavía borrachos por su victoria. Pero dejaron de reír cuando vieron a un hombre acercársele. “¿Es que ya había nacido el Cristo?”, preguntó a Lucifer uno de sus allegados.

Pero no, no era el Cristo. Tampoco era la mujer que buscaban. Entonces Lucifer comprendió que la búsqueda sería gigantesca, que podía haber miles de Marías por aquí y por allá. Y recordó la sentencia “Ella te pisará la cabeza mientras tú herirás su talón”, y se llenó de temor. Al haber profanado a aquella mujer la había doblegado en su voluntad y le había conferido el poder de la elección, de elegir entre el bien y el mal, y ahora comprendía la torpeza que había visto en la recreación que Dios les mostrara antes, donde los humanos se equivocaban y reincidían teniendo la posibilidad de corregir sus actos en cualquier momento, algo vedado para los ángeles, y retirándose hacia los mares lloró, lloró tanto que volvió sus aguas saladas. Lloró de furia, de miedo, de incertidumbre. Y se volvió a poner de pie. “Buscaremos a todas, a todas las marías que haya hasta que demos con la Madre de Dios”.

Esta es la visión que tuvo Santa Ágreda por el 1600 sobre la caída del ángel de la luz. Esta es la visión novelada de por qué la mujer es el eje de la creación, no el centro. El centro es la razón de ser de todo, es el motivo por el que pasan las cosas. Es la llama, es la inquietud, es la rabia y el regocijo, el éxtasis y la soledad. El centro es el Cristo, que nació de una mujer y por eso tiene una madre. Una mujer nacida sin pecado, sin el ultraje del odio, porque aquella acción permitida por Dios solo estaba destinada a la libre elección de las almas. Porque se peca con el alma, se vive con el cuerpo, y se muere con el corazón.







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