lunes, 23 de diciembre de 2013

En la vía

El calor de este 23 de diciembre era cruel. El sol parecía agarrarme del brazo cuando salí, era insoportable. Pero tenía que comprar una bombilla y mañana ya no sabía si encontraría los bazares abiertos, así que allí me vi, calcinándome sobre la brea de la avenida Centenario, buscando la vereda de la sombra. En el clásico bazaar de Alsina consideraban a las bombillas como elementos de lujo por lo que se veía. Las más baratas eran unas que no sirven, y me pareció una maldad que se permita esa venta. Algún necesitado distraído caería en la trampa y viviría destapando su bombilla veintinueve veces por cebadura.

Así que salí y remonté Belgrano arriba para alcanzar los bazares que están llegando al mástil cuando, antes de cruzar la estación, lo vi. Lo vi porque estaba a cinco metros, porque es la distancia donde empiezo a mirar si la barrera está subida o bajada, lo vi porque escuché una guitarra que me sacó de la mente la imagen del precio de las bombillas del bazaar del que acababa de salir. Lo vi porque esquivé a una señora para pasar y noté que ella era la quinta de una cola de cinco personas, él estaba al final de esa cola bastante más corta que las que hacían en el supermercado de las verduras, en la esquina contraria.

Me impresionó. Recordé mi adolescencia, cuando hablábamos y nos reíamos, cuando todavía tenía el pelo negro, cuando hablaba con más fuerza. Recordé cuando se hizo cargo de la parroquia, cuando se acercaba a cualquiera que pasaba por el atrio para saludar y presentarse, como un visitante respetuoso. Recuerdo que los sacerdotes de la iglesia decían que era imposible seguirle el ritmo, que no paraba nunca, que estaba en todas partes con su porte robusto, su gesto bondadoso, sus movimientos lentos. En sus manos y su cara se notaba que guardaba un grito atragantado. Guardaba decenas de toneladas fuerza en sus puños siempre abiertos. Nunca lo vi enojarse.

Me casó una noche de primavera. Y después el tiempo siguió su ritmo. Era mi confesor. Ya venía de una parroquia grande, Santa Rosa de Lima, de donde cada tanto aparecían antiguos feligreses y nos comentaban la envidia que nos tenían. El Socorro era otra parroquia grande, y este cura estaba hecho para las cosas sencillas, simples. Me impresionó verlo ahí, entre unos paneles de un terreno baldío y las vías del tren. Es donde peor pega el sol, pero donde más gente pasa. Ahí estaba, típico de él, con su cabeza baja, su sonrisa buena..., ese cansancio que siempre me pareció que llevaba tallado en las arrugas de su cara, o en sus cejas revueltas.

Me detuve, volví unos pasos para atrás y me puse en la cola. Lo vi acercando una imagen del niño Jesús al que se lo pedía. Lo vi levantar su mano abierta, bajarla, mirar al cielo, sonreír, ofrecer el niño, levantar su mano, bajarla, mirar al cielo, sonreír, una señora, otra señora, otra señora más, y pasé. Me miró y, rompiendo todos los protocolos, me agarró del brazo con la mano libre. Me dijo que había hablado con un hermano mío, que le había preguntado por mí, le dije que me encantaba esta iglesia nueva... No había más nada que decir, el tiempo había erosionado miles de detalles en tantos kilómetros de tiempo. Ayer en Retiro, hoy en San Isidro. Me preguntó qué le quería pedir al niño Jesús, me bendijo, nos despedimos y mientras me iba vi que un tipo se acercaba a ocupar mi puesto. Él sonreía. Sonreía cansado.

Seguí con la búsqueda de la bombilla pero, a pesar la vejación a la que estaba siendo víctima mi orgullo, tuve que reconocer que en el primer bazaar existía la mejor opción para la compra así que volví sobre mis pasos y crucé otra vez por el lugar donde él estaba. Bendecía a un hombre joven y grandote. Sonreía. Seguí de largo, compré la bombilla y regresé a casa. Entre una cosa y otra pensé en que tal vez seguiría ahí, bendiciendo. Una hora había pasado casi desde que lo dejé al lado de la vía. Entonces tomé la máquina de fotos y me fui nuevamente hasta donde él, y ahí estaba, en el mismo lugar, en ese microondas espantoso que es ese cruce ferroviario, de a ratos con alguien, de a ratos solo, ya sin ninguna fila de personas que le pidiese una bendición.

Me impresionó verlo. Me impresionó que no haya cambiado nada desde que fuera el párroco de mi parroquia a pesar de hablar a menudo con el Papa Francisco, a pesar de haber sido obispo de una localidad italiana, de ser obispo de San Isidro, de ser Vicario de la zona Centro de Buenos Aires, a pesar de ser el presidente de Cáritas Argentina y Prelado de Honor de la Casa Pontificia nombrado por Juan Pablo II. Me impresionó, pero en realidad no me impresionó verlo ahí. Me impresionó ver a un obispo, uno importante, enseñándonos qué es lo importante. Si el obispo está ahí dándonos una bendición al rayo del sol con el niño Jesús en brazos... es porque es algo importante.

De él... de él no me extrañó nada.






2 comentarios:

  1. Me encantó tu blog. No dejes de escribir.

    Lore.

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  2. Oscar Ojea... un verdadero maestro. Yo que hace rato no ando muy amigado con el clero, por este tipo me saco el sombrero 70 millones de veces...

    Abrazo gigante Marcos querido.... Qué ganas de verte algún día de estos...

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